domingo, 7 de octubre de 2012

Tots a una veu

Hace un par de semanas, yendo a tomar café a mi sitio de costumbre, me crucé con un par de argelinos hablando en castellano. Fumaban y hablaban distendidamente. Apoyados en la pared de una casa, en la única sombra libre de la plaza. Me saludaron, les saludé (Novelda es una ciudad pequeña y las caras se vuelven reconocibles al segundo vistazo) y seguí mi camino. Solo después pensé en el hecho de que estaban hablando en castellano. Podrían haberlo hecho en árabe, en francés o en bereber, pero eligieron la lengua del país que les acoge. Quizá para practicar, quién sabe. Lo más seguro es que si voy a Londres y me encuentro con un español, le hable en español.

El episodio de los argelinos es una excepción, por supuesto. Cuando conversamos, lo más usual es emplear la lengua más próxima, aquella que nos hace sentirnos más cómodos. Si esos argelinos hubieran estado charlando en francés, en bereber o en árabe, ¿pensaríamos que lo hacen para fastidiarnos? ¿Hubiéramos sospechado que traman algo, que rechazan el país, la cultura y las tradiciones donde se encuentran? ¿Que no se están integrando? Difícilmente. Lo mismo ocurre con los catalanes. Dos catalanes hablando en catalán en pleno centro de Madrid, ¿están haciendo un alegato independentista o únicamente repasan su amistad? He estado muchas veces en Cataluña. Nadie te obliga a hablar catalán en las tiendas. En serio. Y he estado una sola vez en el País Vasco, y nadie me obligó a hablar en euskera. Es más, ojalá pudiera defenderme igual de bien en euskera que en catalán o valenciano lo mismo que quiero creer que chapurreo el gallego.

Es más, ojalá pudiéramos entendernos todos, todos los ciudadanos del mundo. Dominar o al menos conocer cualquier lengua que se habla en el estado español debería ser obligatorio (u optativo, si en la región no se habla esa lengua). Conocer una lengua nos prepara a abrirnos al mundo y no hace falta mencionar que vivimos en un mundo globalizado y sin fronteras. Si hace tiempo dejamos caer las barreras geográficas de esta Europa que nos vertebra, ¿por qué no acabamos con la barrera psicológica de las fronteras lingüísticas? Tenga más o menos hablantes, una lengua conlleva una riqueza cultural, literaria, artística que es imborrable y que todos deberíamos cuidar como patrimonio de nuestra Historia.


Las lenguas que se hablan en España (que no lenguas españolas, ni dialectos del castellano ni nada que se le parezca) conforman nuestra riqueza, nuestra diversidad. El que aprendamos a convivir con los hablantes de esas otras lenguas (vengan de Pontevedra, Salamanca, Alicante, Cerdanyola del Vallès, Málaga, Genil, Mallorca o Durango) sería la mejor tarjeta de visita para pasearnos por Europa y el resto del mundo. Aprender a respetar la lengua del vecino es dar el primer paso para el entendimiento mutuo. Y esa es la base para echar abajo el miedo al Otro.

Los dos argelinos que les refería al inicio lo tenían claro al hablar en castellano. Nosotros, el próximo martes, al cantar eso de «tots a una veu, germans vingau» durante la Diada de la Comunitat Valenciana, quizá podríamos sembrar la semilla para empezar a disfrutar del conocimiento de una lengua, a pesar de que no sea la nuestra; es más, por el simple hecho de que no sea la nuestra. Porque todos los idiomas, incluso el hobyot que hablan menos de cien personas entre Omán y Yemen, merecen el respeto que sus hablantes (personas como usted y como yo a fin de cuentas) también merecen.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Sobre la corrección de textos

Por muy filólogo que sea uno, está claro que no se puede estar leyendo (y lo dice alguien que siempre va cargado de un libro o una revista) siempre con el ojo avizor, dispuesto a desmenuzar cada texto hasta el último sintagma, con tal de encontrar errores lingüísticos, ortográficos o de expresión. Sin embargo, he de reconocer que últimamente me los encuentro demasiadas veces. Saltan sobre mí como queriendo agredirme. Te salen al paso en las marquesinas de las avenidas, en los rótulos de las tiendas o empresas (no, garaje no se escribe con ge), en el nombre de las calles (las mayúsculas llevan tilde, siempre la han llevado y siempre la llevarán; la RAE no ha dicho nunca lo contrario) o en el telediario, en las apenas dos líneas que esbozan una noticia o el lugar de los hechos (aunque parezca mentira, una vez vi escrito «redacción: Mayorca*»). Me tropiezo a diario con esos errores y pienso: ya está, ya me toca convencer a alguien de que eso no es así, porque claro, «lo pone en el periódico, lo dice la tele...», «¿cómo va a equivocarse el que rotula las calles…?».

Cuando empecé la carrera de Filología, pensaba que la única salida posible era la de estudiar unas oposiciones y dedicarme toda mi vida laboral a dar clases. Día tras día. Luego fui descubriendo las múltiples posibilidades de trabajo que tiene el filólogo más allá de la puramente académica. La más obvia, la más necesaria para el buen equilibrio del mundo es la de corrector de textos. Prácticamente en todos los sectores se necesita un corrector, alguien que dé el visto bueno a lo que una empresa o una marca quieren decir. La labor del corrector no tiene que verse y solo se nota cuando desaparece y las faltas afloran. No tiene por qué estar contratado en esa empresa, sino que un mismo corrector puede ejercer en distintos sectores, como asesor externo, cobrando por servicio o por palabra, e incluso redactando textos.

Aunque, para qué engañarnos, donde un corrector ejerce a tiempo completo, dedicado mañana y tarde a su labor, es en las editoriales.

El sector del papel —libros tradicionales o electrónicos, redacciones de periódicos o revistas— debería cuidar la presentación de sus productos. Y no solo en el nivel ortográfico, sino también en el expresivo. Será cosa de la crisis (esa creencia generalizada de que los periodistas escriben correctamente y entonces para qué gastar dinero contratando una corrección profesional), pero cada vez se pueden ver más errores en libros o revistas. Errores graves. Y en editoriales de supuesto renombre: elije*, encoje*, y hasta una hera* que no se refería a la esposa de Zeus sino a la segunda acepción del diccionario.

Errores inexcusables. Errores que se repiten y consienten en una larga cadena. Porque no hablamos de editoriales de autopublicación, donde el «escritor» paga por la edición e impresión de su libro y la editorial se lava las manos, en la mayor parte de los casos, exigiendo que el manuscrito llegue corregido a la imprenta. Hablamos de editoriales grandes, donde el libro ha sido escrito por alguien que entiende de eso de escribir (supuestamente), aunque haya un negro de por medio, y quizá el texto haya pasado por las manos de un agente literario que decide enviar el manuscrito a los lectores de varias editoriales. Hasta que finalmente le llega a un editor que aprueba que salga a la luz. Es decir, el libro, con sus errores, llega a imprenta después de ser leído por muchas personas. ¿Cómo puede ser que nadie haya detectado los errores? Es posible que se achaque, como siempre, a un fallo de maquetación o de imprenta (el último de la cadena paga los platos rotos), pero no me refiero a un espacio de más o de menos, a una coma que se resbala a la línea de abajo; se trata de uves y bes que permutan, ges que se convierten en jotas, tildes y haches que desaparecen…

Si mantener el ritmo de publicación y el caché de los escritores que más venden significa que los libros salgan plagados de faltas, conmigo no cuenten. Al autor hay que corregirle y, lo más importante, explicarle por qué esas correcciones enriquecen su texto (correcciones no solo ortográficas, sino de estilo o de expresión). Cuando leo un «hubieron personas» dejo de leer, porque eso no es un error justificable (¿cuántas veces se ha oído eso de que la uve está muy cerca de la be en el teclado?), porque eso demuestra que uno no se preocupa de lo que escribe ni, lo que es peor, de quien lo va a leer.

Gracias a, o por culpa de, las nuevas tecnologías (blogs, chats literarios, prensa digital…), está surgiendo todo un ejército de «nuevos escritores», curtidos a base de lecturas de clásicos o contemporáneos que, hinchados los oídos y el ego, escriben una literatura cargada de metáforas que no llevan a ninguna parte, poesía en prosa o prosa poética que no hace más que reincidir en errores comunes y cuya lectura no dice absolutamente nada; salvo, quizá, el demostrarse a ellos mismos el genial dominio que tienen del diccionario de sinónimos.

Lo primero que debería enseñarse en los cursos de escritura creativa (por favor, si a alguien le gusta escribir, que no se quede solo en eso, escribiendo para conocidos y amigos que le regalan el oído a cada frase: que lea teoría sobre el tema, que vaya a cursos; que se ejercite, vamos), lo primero que deberían explicarnos, y obligarnos a cumplir, es que todo texto, largo o breve, de opinión o de creación, de ficción o real, tiene que decir «algo» (utilizando cualquier excusa). Y claro, es mejor que lo diga enseguida. Si he de esperar dos párrafos (o cincuenta páginas) a enterarme de qué va la cosa, es muy probable que ya esté leyendo otro artículo u otro libro.

Pero ese ya no es el asunto de estas líneas. Una vez acabado nuestro texto, démosle un repaso. Posiblemente se nos habrán pasado algunas cosas, podremos quitar o añadir una frase, cambiar una palabra por otra más adecuada, evitar repeticiones. Tal vez nos hayamos comido una palabra o una letra. Aquí conviene que lo lea otra persona, porque nosotros, como autores, leemos aquello que queríamos escribir y podemos pasar por alto bastantes errores, a pesar de que repasemos nuestras palabras una y otra vez. Por eso es importante, sobre todo cuando el texto va dirigido al «gran público», recurrir al corrector profesional, a alguien que lea «hubieron personas» y frunza el ceño. De lo contrario, apañados vamos.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Un saco de huesos

«Comparado con el hombre más vulgar que camina por la faz de la tierra y proyecta allí su sombra -dijo supuestamente Hardy-, el más brillante de los personajes de una novela no es más que un saco de huesos».

La cita de Stephen King está en la página 51, capítulo 3, de esa primera edición de Un saco de huesos (noviembre de 1998) que publicó en cartoné la editorial barcelonesa Plaza & Janés. El libro sigue estando sobre la estantería. Aguantó un brote de humedad hace unos cinco años en la pared donde está ubicado y ahora sus páginas están amarillentas y arrugadas. Parece más antiguo de lo que es, a pesar de que ya tiene casi quince años.

De Stephen King no he leído tanto como me gustaría, aunque sí sus obras principales (Carrie, It, El resplandor, Apocalipsis...). Cuando devoré Un saco de huesos (cayó en dos o tres días de lectura constante) yo tenía quince años y recuerdo que pasé miedo. Mucho miedo.

Y para alguien que, en aquel entonces, gracias al programa aquel de La 2 de TVE, Alucine, había visto la saga de Pesadilla en Elm Street, alguna de Muñeco diabólico y tres o cuatro de Viernes 13, además de otros clásicos del terror como La matanza de Texas o La noche de los muertos vivientes, eso de «pasar miedo» era algo habitual. Además, y como inciso, pocas películas consiguen provocar un miedo visceral y profundo. La mayoría basa ese terror en sustos provocados por subidas de volumen y acordes estridentes de la sección de cuerda de la orquesta que graba la banda sonora (véase, si no, la serie de Paranormal activity). Ni siquiera las escenas más sangrientas (las de la eterna saga Saw o las de Destino final) consiguen remover un poco el estómago acostumbrado.

Para miedo miedo, el que pasé cuando vi Al final de la escaleraEl resplandor (la versión de Kubrick) o, más recientemente, Llamada perdida (la original japonesa), la española Rec (lo reconozco: salí del cine corriendo para el coche) y la uruguaya La casa muda.

De esas tres últimas películas, por cierto, hay remake estadounidense. ¡Qué manía que tienen los americanos de hacer remakes!

Pero a lo que íbamos: Un saco de huesos. Volví a recordar esa gran novela de Stephen King cuando descubrí hace poco que contaba con una versión cinematográfica (de finales de 2011) en forma de miniserie para la televisión. Dos capítulos. Con Pierce Brosnan en el papel del novelista Michael Noonan. ¿Sería como esa otra adaptación televisiva sobre libro de King, El resplandor, protagonizada por Rebecca De Mornay? ¿Un guión débil, un actor famoso y el reclamo en grande «basado en una obra de Stephen King»? Tenía que verla.

El encargado de dirigir la miniserie fue Mick Garris, quien también dirigió la versión de 1997 de El resplandor (la actuación de Steven Weber en el papel de Jack Torrance no tiene ni punto de comparación con lo que Stanley Kubrick sacó de Jack Nicholson) y esa otra miniserie (muy larga, aunque interesante y con guión del propio autor de Portland) basada en una novela de Stephen King, Apocalipsis, que el año próximo tendrá su versión cinematográfica dirigida por Ben Affleck.



Un saco de huesos es una novela densa, profunda, donde los sueños, los recuerdos del narrador (el novelista Mike Noonan) hacia su esposa fallecida Johana, las dudas sobre ella, el oficio de escritor, los maleficios del pasado y el paisaje de Maine adquieren una importancia singular. ¿Todo eso puede ser trasladado a la pantalla, aunque sea en dos sesiones de una hora y veinte minutos? Pues no.

Por eso casi todas las adaptaciones de libros (la única excepción que me viene ahora a la cabeza es la película El club de la lucha, que complementa e incluso supera a la novela de Chuck Palahniuk; claro que detrás de la cámara estaba David Fincher) pecan de dejarse cosas en el tintero, eliminar personajes y simplificar tramas. Muchos lectores, cuando van al cine a ver esas adaptaciones, se quejan de eso mismo: que si el protagonista no tiene la misma edad que tenía en el libro, que si han cambiado la época, que si este personaje que tanto me gustaba no tiene el peso que tenía en la novela...

Por supuesto. Se trata de una «adaptación». Para original ya tenemos el libro.

Quizá como yo había leído el libro hacía quince años vi la miniserie desde otra perspectiva. Está claro que el Michael Noonan de la novela de King no podría haber usado nunca un iPad, pero la esencia principal estaba ahí: la muerte de la esposa (aquí ocurre de otra manera), el bloqueo del escritor, la cabaña junto al lago, la maldición que parece perseguir a los habitantes de esa zona por un terrible suceso del pasado, la pequeña Kyra y su madre Mattie, etc. La forma de presentarlo no puede ser igual que en la novela, obviamente. Así que considero que es una adaptación muy respetable de la novela (y sí, hay cinco o seis sustos provocados por subidas de volumen y acordes estridentes de la sección de cuerda), conociendo la complejidad de la misma.

Otra cosa es el título que decidió ponerle a la miniserie algún avispado productor o director de cadena. ¿La maldición de Dark Lake? Por favor...

viernes, 24 de agosto de 2012

Salobreña en la retina

Es la tercera vez que voy a Salobreña. Esta población se encuentra en el centro de la costa de Granada, la llamada Costa Tropical. La segunda vez que fui era diciembre y tocó quitarse las chaquetas porque estábamos a unos veinte grados. De ahí lo de «tropical». En la misma página web del Ayuntamiento de Salobreña nos indican que la media anual es de 17ºC, «con medias invernales en torno a los 12º y de 24º en los meses más cálidos».

No solo el clima es agradable. El paisaje es otro punto a su favor. Y, sobre todo, los contrastes de ese paisaje: playa de arena y playa de piedras, separadas por un peñón, un casco antiguo de casas blancas y calles estrechas que forman un laberinto coronado por un castillo árabe...


El peñón desde un chiringuito de la playa 
Así anochecía desde lo alto del peñón 
De fondo se aprecia el castillo de Salobreña 
Desde el peñón se lanzan algunos intrépidos

En mis dos primeras visitas siempre me alojé en el Hostal Jayma, en pleno centro de la ciudad, a un paseo de la playa y en mitad de toda una variadísima oferta de restaurantes y bares. Un hostal totalmente recomendable, familiar y con unas habitaciones exquisitas.

Sin embargo, esta vez quería cambiar. Y me alojé en el Best Western Salobreña, un hotel de tres estrellas cuya única pega es que dista unos tres kilómetros del centro del pueblo. Se trata de un hotel familiar, con múltiples actividades organizadas y desarrolladas por los monitores, dirigidas a todos los públicos y desde bien temprano. A partir de las diez de la mañana ya estaban buscando voluntarios para apuntarse a piragüismo, buceo, juegos alrededor de la piscina, waterpolo, voleibol acuático, gimnasia... Y por la noche siempre había fiesta: música en directo, espectáculos cómicos, etc. Para todas las edades, que para eso es un hotel familiar. Precisamente esa fue una de las críticas que leí (en páginas como TridAdvisor, por ejemplo): que, al ser familiar, había demasiados niños. No fue un problema. En todo momento se respetaban los horarios de sueño, quizá porque todos estábamos agotados. Así que pudimos hacer siesta (hasta las seis de la tarde, luego ya ponían la música en la piscina) y pudimos dormir por las noches plácidamente. Además, el hotel ha construido recientemente (ni siquiera en las fotos de la página web aparece) una piscina para los más pequeños, justo al lado de la principal.

Hablaba antes de que el único problema era la distancia que separaba el hotel del pueblo, pero eso también es su mayor ventaja. Ubicado en lo alto de un acantilado, las vistas desde el hotel son magníficas. Desde el balcón de la 238, donde estábamos alojados mi novia y yo, esto es lo que se veía:


En el centro de la imagen está el peñón y a la izquierda queda el castillo de Salobreña. Levantarse por las mañanas y ver este paisaje, con sus diferencias y sus matices, no tiene precio. Unos días, la bruma impedía ver más allá del mar; otros, la claridad te hacía distinguir hasta las sombrillas de la playa. La mayoría de las veces, el mar se confundía con el inicio del cielo. ¿O era el cielo el que se confundía con el final del mar?

Como el casco histórico ya lo habíamos visitado, incluyendo el castillo (recomendación: lleven calzado muy cómodo, las cuestas pueden llegar a ser traicioneras), únicamente pisamos el centro para cenar una noche (en el Bar Pesetas, parada obligatoria y excelente su leche frita) y otra para asistir a un concierto en directo de jazz a cargo de dos guitarristas, dentro de un ciclo de música organizado por el Ayuntamiento e interpretado por distintos rincones de ese laberinto interior.

De esta tercera visita, que no será la última, me quedo con un par de descubrimientos. El primero es una calita que hay justo debajo del hotel y a la que se accede por unas empinadas escaleras (de nuevo la recomendación de llevar calzado cómodo). Vale la pena el cansancio y la caminata. El resultado es este.

A la cala también se puede bajar en coche, así que no hay excusas
Calma. Silencio absoluto, roto solamente por las olas chocando contra las piedras. Aguas cristalinas. Peces nadando a tu alrededor.

El segundo descubrimiento es el de un Ayuntamiento preocupado por su municipio, por sus vecinos y por los que vienen de fuera, que en los meses de verano son muchos. Eso se nota en el programa de actos para julio y agosto (conciertos, exposiciones, visitas guiadas, etc.) y en el cuidado y el respeto por la memoria y el pensamiento de sus ciudadanos. En la plaza principal, bordeando el edificio del Ayuntamiento y un auditorio que ya quisiéramos muchos para nuestra ciudad, colgado de todas las palmeras, una preciosa iniciativa llevada a cabo por Ángel Arenas: el Banco de la Sabiduría Popular, una serie de frases que invitan a la reflexión.

Hice fotografías de todos esos pensamientos que vecinos y vecinas de Salobreña habían «cedido» a ese banco de sabiduría, pero me quedo con el primero que encontré. Suerte, o quizá defecto profesional.


Le doy toda la razón a María Jesús: enseñar lo que uno sabe es de lo más hermoso que se puede hacer por los demás.

domingo, 5 de agosto de 2012

Tengo "la" camisa

Espero que me permitan un poco de publicidad subliminal. Aunque de subliminal no tiene nada, la verdad. Les dejo con el último anuncio de Ariel, presentando las nuevas Ariel Excel Tabs.





El hermano mayor es quien habla primero, indicando que su hermano pequeño tiene una cita. Y el otro se explica: «Fundamental ir hecho un pincel. Por suerte tengo la camisa», remarcando bien el artículo determinado.


Como nos explica la Nueva gramática de la lengua española, editada en 2009 por la RAE, el   «artículo determinado del español procede, en efecto, del demostrativo latino ille / illa / illud, la misma forma que dio origen en nuestra lengua al pronombre personal de tercera persona y, con la adición de un refuerzo deíctico, también al demostrativo aquel».


Son palabras átonas, que forman grupo acentual con la primera palabra tónica que los sigue. Todavía recuerdo esas clases de Historia de la Literatura Española, en el último curso de Filología Hispánica, escribiendo fonéticamente párrafos y párrafos. Todas las palabras tienen acento (aunque no todas lleven tilde gráfica, claro está), salvo pocas excepciones, entre las que se encuentran los artículos determinados, que siempre carecen de acento léxico, salvo cuando recibe el acento contrastivo, tal y como sucede en el ejemplo del anuncio.


Volvemos a la Nueva gramática, volumen I, apartado 14.2d, página 1032:
El artículo determinado puede recibir acento contrastivo para enfatizar el rasgo de definitud de un grupo nominal, por oposición a otros valores de determinación o cuantificación que pudieran asignársele, como en El florecer de la agricultura no es ni siquiera un problema importante: es el problema. El artículo no es clítico del sustantivo en esta secuencia, ni forma con él una palabra fonológica. Posee, pues, su propio acento, que recibe una interpretación enfática.
Más tarde, la misma RAE nos referirá que este «recurso es empleado con frecuencia creciente en el lenguaje publicitario, como en Raleigh es EL cigarro (anuncio mexicano), es decir, "el cigarro por excelencia o por antonomasia", o en La Paceña es LA cerveza (anuncio boliviano)».


Aquí tienen el anuncio de Raleigh de los años 60 y, después, un anuncio de la cerveza Paceña que, aunque no contenga sí contiene un grito que hago mío: «Que viva La Paz», aunque en esta ocasión se refiera a la ciudad boliviana. O no...





El anuncio de Ariel y el de Raleigh contienen ejemplos de ese uso enfático del artículo determinado. Recuerden: son anuncios o cuñas (o también avisos o comerciales, aunque el Diccionario panhispánico de dudas nos advierte que esos dos últimos usados únicamente en América), evitando emplear el anglicismo spot.


En cuanto al objeto en cuestión de la publicidad (la camisa por excelencia, la que al hermano pequeño le da suerte con sus citas), ya habrá tiempo en otra ocasión de estudiar su etimología.