sábado, 30 de octubre de 2010

Centenario de Miguel Hernández

Hoy, 30 de octubre, Miguel Hernández Gilabert, el Poeta del Pueblo, hubiera cumplido cien años. El régimen franquista lo dejó morir en la cárcel de Alicante el 28 de marzo de 1942. Aquel día se perdió una voz importantísima para la Historia de la Literatura Universal, una voz y unos versos que continuaron censurados durante décadas, como he podido leer esta mañana en el Diario Información, en un genial artículo firmado por José Carlos Rovira.

No les valió a los ganadores de la Guerra Civil el haber dejado morir a Miguel Hernández. Tuvieron, además, que prohibir durante lustros sus obras, una poética de libertad y esperanza para el futuro.

Por fortuna, hoy en día los estudiantes y todos podemos leer y acercarnos a la obra inmensa del poeta de Orihuela. Es una recomendación eterna. Nunca es tarde para aproximarse a la vida y obra de un poeta, y más aún cuando ese poeta es parte de nuestra Cultura y nuestra Historia.

Y otra recomendación: que jamás se vuelva a repetir la barbarie que España tuvo que sufrir durante la dictadura franquista. Aniquilar la obra poética de alguien es cortar las alas a toda una nación, ahogar su futuro y cercenar su libertad.

Hoy, más que nunca, «para la libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos, / como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos».

¡Grande Miguel, eterno Hernández!

viernes, 29 de octubre de 2010

La música del otro lado del océano

Ayer recibí en el despacho a una persona que ya considero amiga. Venía a hablarme de un proyecto para la próxima primavera, un proyecto que mezcla música y cultura, gastronomía y arte. Un proyecto apasionante y ambicioso, pero no por ello imposible en su realización. Todo lo contrario.

Pero al final, habitual en mí, hablamos de dicho proyecto durante escasos minutos (mejor, así tendremos la obligación de volver a encontrarnos), y centramos toda nuestra conversación en la música, aquí elevada a un elemento conciliador entre pueblos. Y claro, de la música que hablamos fue de la argentina (la persona era natural del país del tango), tema que conozco con la profundidad y la lejanía que me permite haber nacido al otro lado del océano que nos separa y nos une.

Mi relación con la música argentina comienza a una edad muy temprana, seguramente con los tangos clásicos de Carlos Gardel, el tango renovado de Astor Piazzolla y el newtango de Gotan Project. Parte de ese amor por el tango deviene, seguramente, de mi pasión por los boleros y, en menor medida, por la copla.

Sin embargo, fue Andrés Calamaro quien me mostró el (buen) camino a seguir a través de la música argentina. A partir de él conocí el pasado (en buena parte compartido) de la música de allá: Raíces, Los Abuelos de la Nada, etc. Posiblemente, por edad y cercanía, escuché primero a Los Rodríguez que a Calamaro en solitario, pero es una duda parecida a la de qué fue primero, ¿el huevo o la gallina? Calamaro llegó a Rodríguez hecho músico, y salió de la banda de rock hecho artista internacional. Ahora, con decenas de discos a sus espaldas y cientos de canciones compuestas e interpretadas, Andrés Calamaro tiene un lugar primordial e inmutable dentro del cielo de los grandes del rock. No puedo elegir una canción sin desmerecer a las demás, por eso quiero poner aquí el último corte del primer disco de Honestidad brutal, la canción «Con abuelo», dedicada a Miguel Ángel «Abuelo» Peralta, líder del grupo Los Abuelos de la Nada.



A partir de Andrés Calamaro me fui adentrando en otros artistas argentinos que, o bien por cercanía de estilo musical (Charly García, Coti...) o bien por haber unido voces o guitarras en algún momento (Soledad Pastorutti, Litto Nebbia...), tal vez de otra manera jamás hubiera escuchado. Y, claro está, una vez abierto el bote, era lógico que entraran más: Fabiana Cantilo, Celeste Carballo, Gustavo Cerati, Ciro Fogliatta, Fito Páez, Vicentico, Ariel Rot, Luis Alberto Spinetta y un largo etcétera, sin olvidar nunca a los grupos, como Bersuit Vergarabat, Los Auténticos Decadentes, Los Fabulosos Cadillacs, Babasónicos, Los Piojos...

Como pueden apreciar, un mundo inmenso por recorrer, pero que es mejor hacer por estilos. Lógicamente, yo me decanto principalmente por el rock, ya que sería inabarcable escuchar toda la música compuesta en un país (y aquí podemos hablar de Argentina, España o cualquier otro) tan rico en su cultura y tan hermoso en su diversidad.

No obstante, es un mundo espectacular que les recomiendo.

Para acabar, ya que he mencionado a Andrés Calamaro como mi iniciador y guía a través de la música de Agentina, quisiera que escucharan un tema de Los Auténticos Decadentes, acompañados en esa ocasión por el maestro bonaerense. La canción se titula «La guitarra», y es un canto a todas esas personas que aman la música, viven por ella y piensan en armaduras, acordes y sostenidos.

martes, 26 de octubre de 2010

Déjame entrar...

En 2008, el sueco Tomas Alfredson dirigió la película Låt den rätte komma in (en español,
«Déjame entrar»), con guión de John Ajvide Lindqvist, que había publicado la novela homónima cuatro años antes. Aquí podéis ver el tráiler.




En España se estrenó en octubre de 2008, durante el Festival de Sitges, con gran éxito de crítica y público. Es una película preciosa, una fábula inmensa sobre el amor en la adolescencia.

Por un lado tenemos a Oskar, un niño tímido que sufre acoso escolar y sueña por las noches con una venganza que nunca llega. Por el otro está Eli, una niña que se acaba de mudar a los apartamentos donde vive Oskar (de hecho, son vecinos y sus cuartos están pared con pared). Entablan amistad, una amistad profunda y verdadera, pero Eli es en realidad un vampiro, una niña eterna de 12 años que necesita sangre para vivir.

No es para nada una película de horror y miedo, sino más bien una historia de amor con trasfondo social en la que la trama ha sufrido una vuelta de tuerca más: es la clásica relación chico-conoce-a-chica, pero aquí teniendo en cuenta que la chica es vampiro. Tampoco se asemeja en nada a la serie de libros y películas de la saga Crepúsculo. Como en este caso, no he leído los libros, pero sí he visto todas las películas estrenadas hasta la fecha. Amor juvenil, trasfondo popero y fantasioso, atisbos de un guión atractivo, pero personajes y actuaciones huecas (al menos en la gran pantalla) que van claramente dirigidas a un público adolescente (y femenino, me atrevería a añadir), que Déjame entrar no toca, por fortuna.

En la película sueca, tanto el niño como la niña, además de los personajes secundarios (la madre, los distintos profesores, vecinos de la ciudad, los otros niños...), están delineados con maestría, y las interpretaciones de los dos protagonistas están muy logradas. Es, por tanto, una recomendación que me permito haceros para este otoño en el que ya parece que por fin nos visita el frío.

Otra cosa sería preguntarse cómo es que las historias suecas sientan tan bien en estas tierras mediterráneas. ¿Será por la distancia climática? Stieg Larsson y su saga Millenium pusieron en el mapa lo que Henning Mankell ya llevaba haciendo durante años. Y también deberíamos preguntarnos el porqué de ese auge repentino por el mundo de los vampiros. ¿Será, tal vez, por el deseo de inmortalidad que atesoramos todos los mortales? Desde Crepúsculo hasta la serie de libros de Crónicas vampíricas o la serie para televisión True blood, quien más o quien menos se ha sentido atraído alguna vez por ese mundo fantástico y esa estética oscura que muestran las clásicas historias de vampiros, pero, como hace perfectamente Déjame entrar, con una vuelta de tuerca. Y es que el vampiro del siglo XXI ya no busca sangre humana per se, sino que también trata de entablar amistad y conversación con los seres humanos que comparten el mundo con él. Y ahí surge la trama, sobre todo cuando el amor hace su aparición en escena.

El pasado 1 de octubre se estrenó en Estados Unidos otra versión de Déjame entrar, basada en el libro original y no en la película de 2008, algo de agradecer en esta época de remakes. En vez de hacer una versión americana del filme sueco, el director, Matt Reeves, ha escrito el guión basándose en el libro. Quizá deberíamos preguntarnos si era necesario: la primera película ya está lo suficientemente bien rodada y construida. ¿Hacía falta una versión estadounidense, seguramente con más sangre y más sustos, lo que se alejaría del espíritu inicial de una historia de amor entre dos adolescentes embuidos en la soledad, cada uno por un motivo distinto?

En pocos meses podremos comprobar el resultado.

lunes, 25 de octubre de 2010

¿Aún hay dos Españas?

Por un lado están aquellos que ven en un partido político los herederos legítimos de una República que comenzó muy bien pero que, poco a poco, se fue perdiendo en sus ideales. En el otro lado están quienes piensan que un partido político heredó las personas y los genes de aquellos que provocaron la Guerra Civil y sumieron a nuestro país en la más atroz de las miserias (en cuanto a evolución sociocultural y de progreso). Ninguna guerra es buena, por supuesto, pero mucho menos la que se orquesta mediante la disputa ideológica de hermanos y hermanas, hijos de la tierra, nacidos bajo el mismo sol y unidos por la misma lengua y el mismo pasado.

Por supuesto, esas dos Españas a las que me refiero representan a los dos partidos mayoritarios, aunque hay partidos políticos donde esos dos extremos son la médula central y beben directamente de unas fuentes de hace demasiadas décadas como para que hoy caminen en la actualidad. En el medio, dicen, está la virtud; e incluso en el medio de esos dos partidos mayoritarios, allá donde las ideologías reaccionarias no afectan al sentimiento de afección política hacia uno u otro partido, existen personas que rechazan esos pensamientos radicales que (como suele suceder en toda confrontación política, cultural, religiosa o filosófica) no entienden al Otro como diferente pero compatible sino como opuesto, adversario y contrario; esto es, algo que despreciar por naturaleza, algo que perfectamente se podría eliminar.

Hace pocos días, en un comentario a través de la red social Facebook, escribí que había aún personas (a las que describí como «fachas» en las acepciones de «mamarrachos» o «de ideología política reaccionaria», siempre según el diccionario de la RAE) que pensaban que la actual crisis económica se acabaría fulminantemente de haber elecciones generales y ganarlas el partido que actualmente ocupa la oposición en nuestro país. Y en el fondo es cierto que hay muchísimas personas que lo creen, personas que quizá desconozcan o no recuerden cómo llegamos a esta situación mundial y cómo nuestro país se vio afectado en mayor medida por culpa del boom inmobiliario de mediados de los 90 y la consecuente crisis del ladrillo. Personas que no entienden que no es necesario el cambio de un líder político por otro, sino más bien la regeneración interna de un conjunto de ciudadanos (los que más elevan la voz) que todavía parecen recrearse y disfrutar del odio acérrimo entre españoles de a pie.

En su día, a través de Facebook, ya dejé claro que en ningún momento ese calificativo hacía alusión a los hombres y mujeres que conforman el Partido Popular, a los que considero, por fortuna y en su gran mayoría, mujeres y hombres fieles a la legalidad constitucional y a las normas básicas de convivencia cívica. No obstante, si algún miembro (o simpatizante, o votante) del PP se sintió aludido por ese adjetivo, le pido disculpas. También por fortuna, la mayor parte del Partido Popular se aleja de esos cimientos ideológicos de otras épocas.

El diálogo que mantuvimos a través de la red social antes mencionada, entre otras personas, un sacerdote de la Iglesia Católica y yo, se quiso extrapolar y descontextualizar completamente, llegando incluso a saltar a la palestra informativa de un medio de comunicación de alcance provincial, quizá pensando que lo inusual (?) de los participantes de ese diálogo (un sacerdote y un concejal del PSOE) debía prevalecer sobre el hecho más importante: la conversación perfectamente amistosa y en buenos términos que dos personas estaban llevando a cabo a través de Internet.

Como al final tuve que explicar en una nota de prensa, obligado por las circunstancias de la manipulación que se estaba efectuando acerca de nuestras palabras, no era más que una charla entre amigos. Nada más. Si eso es noticia a nivel provincial, siendo portada principal, es que algo estamos haciendo mal, tanto las personas que nos dedicamos a la política, como las personas que nos dedicamos a la enseñanza.

Y más cuando el partido político que se sienta al otro extremo del banco municipal emplea esas palabras sesgadas para tratar de hundir mi reputación, sin ni siquiera detenerse a leer la conversación completa; es decir, el original. A mí en la universidad, en la Facultad de Filosofía y Letras me enseñaron a leer los textos originales según el contexto, el autor, los destinatarios…, lo que se viene llamando Pragmática, vamos. Por desgracia, aún rondan los espacios públicos del civismo personas que prefieren criticar el lunar antes de contemplar el rostro completo.

Hay dos Españas, ciertamente, o eso es lo que muchos pretenden todavía: que haya dos bandos bien diferenciados para aprovechar cualquier nimio asunto para echar tierra de abono sobre un bando u otro. Triste. No me gusta esa sensación reinante en numerosos medios de comunicación nacionales, que solo contemplan la crítica abusiva hacia uno de los lados, sin ver el problema en su conjunto. En estos casos, como en muchos otros, vemos la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el nuestro. Y no me gusta esa sensación porque luego se traslada a la población, por las calles, donde (como sucedía en tiempos que todos creíamos olvidados) todavía se sigue marcando a la gente según la orientación de su voto.

Mientras tanto, en Novelda, en mi querida ciudad natal, también hay gente que quiere que esas dos Españas se enfrenten diariamente. Es una lástima. Piensen lo que piensen, yo seguiré creyendo que hay una única Novelda, y ahí es donde debemos trabajar firmemente y con constancia. No permitiré que intenten doblegarme con mentiras del pasado con la única intención de enturbiar una impoluta gestión actual al frente, entre otras, de la Concejalía de Turismo. No les aburriré con datos y ejemplos de cómo un presupuesto actual de 61.750 euros da para organizar las III Jornadas Gastronómicas, la III Ruta del Tapeo, la II Festa del Xanxullo, la II campaña El mes dolç, el III Trofeo de Cocina con Azafrán, la II Fira del Raïm, la campaña Cómete Novelda, ir a FITUR y a TCV, etcétera, etcétera, y en 2005 (con más de 140.000 euros de presupuesto) solo servía para ir a ocho ferias de turismo y poco más. No les aburriré detallándoles, desde 2007, todas las iniciativas que se han creado, gracias sobre todo a escuchar a la técnica y demás profesionales que trabajan en la Oficina de Turismo, gracias también a escuchar los comentarios y aportaciones de la gente. Para eso están los folletos y la memoria colectiva, mucho más sabia que la selectiva y maniquea.

Tampoco lo hago por vanidad, por supuesto; lo hago por Novelda, porque es mi tarea y porque quiero que todos esos miles de turistas que vienen al año (alemanes, ingleses, neerlandeses, italianos, franceses, nacionales…) se lleven un buen sabor de boca (gracias a nuestra espléndida gastronomía, ahora por fin promocionada de forma digna) y, ante todo, una buena imagen en la retina (gracias a nuestro patrimonio histórico y modernista, nuestras fiestas, nuestra cultura…).

Si uno solo de esos miles de turistas vuelve a su casa pensando que ha visitado una ciudad hermosa, cuidada y con buenos ciudadanos, habremos triunfado. No yo, claro está. Habremos triunfado todos. Y ese es mi objetivo desde que prometí mi cargo como Concejal del Ayuntamiento de Novelda en junio de 2007.

sábado, 23 de octubre de 2010

La comunicación cruzada

Antes de las primeras representaciones gráficas de escritura, hacia el 5.000 a.C., antes de que el hombre tuviera necesidad de poner por escrito (tal vez como muestra de fidelidad y validez) las transacciones comerciales que se efectuaban en viajes y rutas hacia otras tierras, antes incluso de que la Historia se pusiera por escrito y alguien decidiera lo que debía guardarse para la posteridad; mucho antes de eso, los seres humanos ya intercambiaban lo que hoy entenderíamos por palabras.

En realidad no eran más que sonidos que expresaban distintas sensaciones o emociones, seguramente en señal de peligro o alerta ante agentes externos. En ese Homo antecessor de hace unos 800.000 años ya hay evidencias fisiológicas de un aparato fonador lo suficientemente desarrollado como para articular unos sonidos básicos, algo que también puede apreciarse en el Homo habilis (hace dos millones de años). Sin embargo, no es hasta la evolución definitiva del Homo sapiens (hace unos 200.000 años), con el desarrollo total del cerebro y la aparición de ciertos genes necesarios para el habla y el pensamiento simbólico, cuando el ser humano empieza a relacionarse con su entorno de forma más clara y evidente.

Ya entonces, en la noche de los tiempos, existía un emisor que producía un mensaje para un receptor. Esa es la comunicación básica según el modelo de Shannon y Weaver, la que nos enseñaron en la escuela y la que primero nos explicaron en la universidad. A esos tres elementos había que sumar el canal (medio físico donde se producía la comunicación), el código (lo que han de compartir necesariamente emisor y receptor para que triunfe y exista la comunicación) y la situación o contexto (donde se incluye todo lo extralingüístico que engloba al entorno comunicativo).

La manera de nombrar dichos elementos ha ido evolucionando a lo largo de los años, según las distintas escuelas de la Teoría de la Comunicación, pero, a fin de cuentas, la base sigue intacta: siempre ha de haber un emisor que produzca un mensaje con un destinatario claro para que se dé la comunicación.

El receptor puede no estar presente o ser ambiguo (como en el caso de una botella lanzada al mar con una carta dentro), el mensaje puede estar cifrado (aquí fallaría el código, pero únicamente si el receptor es el equivocado), el emisor puede no referirse a nadie en particular (si una persona, por ejemplo, piensa en voz alta y alguien lo oye y no comprende el mensaje)...

En siglos de historia de la comunicación humana todo ha ido evolucionando, dando prioridad estos últimos años a la Pragmática; esto es, la manera que tiene el contexto de influir en la comunicación y, sobre todo, en la interpretación del significado. Aquí incluimos aquellos aspectos que comparten el hablante y el oyente, las relaciones interpersonales entre ambos, las convergencias o divergencias socioculturales de los participantes en la comunicación, la situación o momento en que se lleva a cabo ese intercambio lingüístico, etc.

Es decir, todos los aspectos que, de alguna manera u otra, influyen en el proceso comunicativo sin interferir en ningún momento en la producción lingüística de las personas. Aquí quisiera hacer un breve inciso. Si la Comunicación en sí podría hacer referencia incluso cuando el oyente o receptor es no humano (cuando a nuestro perro le decimos que se siente o que deje de ladrar y obedece), toda regla pragmática supone la presencia exclusiva de seres humanos, pues somos la única especie que almacenamos la suficiente capacidad como para desarrollar todos esos elementos extralingüísticos que se han explicado en el párrafo anterior.

Y aquí, en la Pragmática, es donde surge la comunicación cruzada, en la que un emisor y un receptor (o varios) comparten una serie de mensajes en un contexto preciso que luego es extrapolado al contexto y situación que otros receptores (ajenos al mensaje inicial) tienen, y que para nada debe coincidir con la situación lingüística de los hablantes iniciales. Es en ese momento cuando el Mensaje 1 deja de serlo para convertirse en el Mensaje 1', ya en boca de otros emisores y receptores, que a su vez pueden producir una reacción en cadena que haga aparecer el Mensaje 1'', y así sucesivamente. En algún instante de esa cadena comunicativa, el inicial Mensaje 1 ya habrá evolucionado a Mensaje 2 (algo totalmente diferente) y los hablantes que comparten la información de ese mensaje ni siquiera conocen al emisor y receptor originales del primitivo Mensaje 1.

La comunicación cruzada se asemeja a las teorías acerca de la personalidad triple que todos tenemos. Está lo que somos realmente, lo que nos gustaría que los demás creyeran que somos y aquello que los demás creen que somos.

En el lenguaje igual. Está lo que decimos, lo que creemos que decimos y lo que (por actuación de la pragmática) estamos diciendo en realidad, atendiendo al contexto lingüístico de nuestra comunicación.

La comunicación cruzada siempre ha existido, pero últimamente, con la aparición y el posterior auge de foros públicos de debate y opinión en Internet, las redes sociales o los chats, está más en boga que nunca. Aunque todavía está por estudiar el porqué esa comunicación cruzada siempre se produce con afán de crear malentendidos y malinterpretaciones, cuando con total seguridad al echar la vista al mensaje inicial descubramos su perfecta univocidad.

lunes, 18 de octubre de 2010

Semana Santa en Novelda

Ya había compuesto algunas piezas breves para piano (estrenadas en el Conservatorio Profesional de Música «Mestre Gomis» de Novelda), pero Semana Santa en Novelda fue mi primera obra para banda.

Empecé a componerla en la Navidad de 2002, por encargo de Francisco Manuel López Peral, Francisco Sepulcre y el tristemente desaparecido José María Belló, por ese entonces miembros de la Directiva de la Junta Mayor de Cofradías y Hermandades de la Semana Santa local. El motivo era el 25º aniversario de dicha Junta, a celebrarse en 2003 con un concierto de música procesional que, desde ese año, viene siendo habitual iniciador de nuestra Semana Santa, junto al correspondiente Pregón.

El estreno tuvo lugar en la parroquia arciprestal de San Pedro, en el centro histórico de Novelda, el 1 de marzo de 2003. Esa noche dejé mi puesto como fliscorno primero de la Unión Musical «La Artística» para tomar la batuta que me cedía D. Jesús Mula Martínez, director de la banda por aquellos años. Lo que sonó fue el resultado de meses de trabajo y ensayos. Un buen amigo, Luis Pastor, me pasó la grabación días después. Esto fue lo que pudieron oír quienes abarrotaban la iglesia aquella tarde.



Como expliqué en la revista de Semana Santa de aquel año de 2003 a las preguntas de Ruth Campos Carratalá en el artículo «La música de nuestra Semana Santa»,

Yo no soy cofrade, ni he salido nunca en ningún paso, pero sí que vivo directamente la Semana Santa desde muy pequeño, porque toco con la banda en las procesiones y, además, creo que no hace falta estar en una cofradía para formar parte de la Semana Santa de Novelda, ya que todos, bien como público o de cualquier otra manera, podemos sentirla y hacerla parte de nuestras vidas. Después de tantos años acompañando a los pasos con mi instrumento, la Semana Santa me ha ido diciendo cosas que he tratado de transmitir en esta partitura.
Son palabras de cuando tenía unos diecinueve años (parece que haya pasado media vida de aquello…), pero no van demasiado desencaminadas a mis sensaciones actuales. Sigo sin ser cofrade y sigo viviendo la Semana Santa con intensidad, participando de actos y procesiones, viviéndola desde fuera y no desde el interior de un paso o una cofradía, aunque no por ello sin la intensidad, el respeto y la pasión que se merecen.

Después de esas palabras añadí que me gustaría que fuera una pieza que representara y sirviera a todas las procesiones, pero también es verdad que, con el tiempo, ha ido afianzándose más hacia el Martes, Miércoles y Viernes Santo, rehuyendo del Domingo de Ramos y de Resurrección, momentos en que se emplean marchas regulares en vez de lentas o fúnebres.

Primera página de la marcha de procesión
Podríamos decir que mi Semana Santa en Novelda, marcha de procesión en Sol menor, es una pieza de género lento. En la introducción, que consta de once compases, los bajos, saxos tenores y clarinetes segundos (acompañados por un sutil golpe de plato suspendido) nos empiezan a presentar el tema principal, muy legato, completando las armonías el resto de instrumentos sin el flautín, las flautas o los oboes. En el compás doce, marcado por la letra A comienza el tema en piano, que se volverá a escuchar mezzo forte y enriquecido melódicamente junto a un contracanto en forte que suena en los trombones, bombardinos, tenores, barítono y clarinete bajo. Todo ello desemboca en la B, señalizado con marcato en la madera, lugar de lucimiento para las trompas y trompetas, compases que nos intentan meter de lleno en la Semana Santa sevillana (hay una clara cadencia andaluza), algo que se verá más claramente en la letra C, en cuya repetición hay una llamada de trompetas a dos voces. La D es la reexposición del tema, concluyendo en el compás 81. Aquí se cambia al tono de la subdominante, a Re menor, una melodía sencilla (enriquecida en la repetición con un sol de flautín y flauta), que tras el pasaje de la F in crescendo, culmina en el fortissimo de la G, donde además del tema antes escuchado, trombones y bombardino realizan un contracanto a tres efes que se trunca repentinamente con el piano final de dos negras, ya en el compás 120.

Una marcha de procesión larga, de unos cinco minutos y medio en calle, que desde aquella Semana Santa de 2003 se ha venido interpretando en Novelda. Fue la primera obra para banda que hice. La primera marcha. Y tuvieron que pasar más de siete años para que compusiera otra (terminada hace pocos meses), de título In nomine Patris, que espero presentar en la Semana Santa del año que viene.

Hasta entonces, tengan buena música.

domingo, 17 de octubre de 2010

Mentir sin razón

Anoche vi la película Green Zone: Distrito protegido, dirigida por Paul Greengrass y protagonizada por Matt Damon. Estrenada en marzo de este mismo año, la película es una de las tantas historias de Hollywood que, con mayor o menor presupuesto, promoción y repercusión, han querido contar la verdad que se oculta (cada vez ya menos, pero aún con sectores reticentes a ella) detrás de la invasión de Iraq. En la película se muestra, además, cómo los soldaditos, al igual que los peones en ajedrez, siempre están en primera línea de fuego y casi nunca conocen las razones de la guerra o los motivos por los cuales hay que ir pegando tiros contra todo lo que se mueva y parezca sospechoso. Mientras tanto (como se ve en otra muy recomendable película, esta sobre la guerra de Afganistán, Leones por corderos, dirigida por Robert Redford en 2007 y protagonizada por Tom Cruise, Meryl Streep y el propio Redford), los ideólogos y promotores de esas batallas o bien no están en la zona de fuego o, si están, están en la zona protegida (green zone), gozando de piscina, comida caliente y placeres diversos.

Pero volvamos al inicio de mi comentario. Con la excusa (hoy totalmente demostrada su falsedad) de las armas de destrucción masiva, EE.UU. invadió Iraq en marzo de 2003. Con la guerra de Afganistán como recurso y respuesta a los atentados contra las Torres Gemelas, y el mundo occidental aún con la retina dibujada por el horror de los edificios hundiéndose en el polvo de Manhattan, no fue demasiado complicado, para el entonces Presidente George Bush júnior, convencer a buena parte del llamado «mundo libre» de que invadir un país sin el auspicio de la ONU (así lo expresó Kofi Annan, su Secretario General por aquel entonces) y con el objetivo de eliminar a un tirano y llevar la democracia, la Navidad y el Halloween no solo era bueno para la humanidad sino también el mejor ejemplo de justicia divina (justicia generacional, digamos mejor, para con George Bush sénior), algo que uno cree ciegamente cuando considera que su dios es mejor que el dios del otro.

Lógicamente, los iraquíes se defendieron. Saddam Hussein era un tirano, un dictador y un déspota, pero el país era de los iraquíes. Si EE.UU. hubiera invadido la España de los años 40 para librarnos del dictador, tirano y déspota Francisco Franco seguramente hubiéramos contestado con la misma contundencia que los iraquíes: defendiendo la propia tierra, aunque fuera con palos y piedras.

Para urdir esa mentira, EE.UU. acudió a sus más fieles perritos falderos: ellos serían los que le ayudarían a entrar en el país de Oriente Próximo. Con la tristemente famosa foto de las Azores (por vez primera, la foto de unos criminales se hacía antes de cometer el crimen), se planeaba la invasión.




Colaboraban activamente, además de otros países como Polonia o Portugal, el Reino Unido y España. Y esos gobiernos, el de Tony Blair y el de José María Aznar, lo hicieron también sin el auspicio de la ONU y con la mayor parte de la población en contra, creyendo a pies juntillas una mentira sin primero corroborarla, basándose en informes previamente manipulados.

Recuerdo la marea humana de cientos de miles de manifestantes exigiendo la rectificación a esa invasión y, sobre todo, a esa bajada de pantalones frente a Estados Unidos. Aunque claro, después de todo, si pones los pies encima de una mesa de la Casa Blanca y llamas al Presidente «amigou mío», si luego te telefonea y te dice que quiere invadir un país porque tal vez hay armas de destrucción masiva, no te lo piensas ni un instante. No piensas que hay países, como Corea del Norte, Irán o Israel, que sí sabes que tienen armas nucleares y están dispuestos a utilizarlas. No piensas que hay otros dictadores, en África y Asia, que sí gozan del amparo estadounidense.

No piensas en eso si crees que tu «amigou» no puede engañarte. No piensas en eso si crees que ellos son los «jefes» del mundo libre, y punto.

España fue a esa invasión cómplice de la mentira y con los ojos y los oídos taponados, y se vino en 2004 con una decena de muertos y cientos de millones de euros invertidos en la aniquilación de las tierras iraquíes, contribuyendo a la situación actual de descontrol y desgobierno. Si Aznar hubiera escuchado la masiva voz de los españoles nada de eso habría pasado; ni siquiera los atentados de Madrid en marzo de 2004, consecuencia de la colaboración en la Guerra de Iraq (como lo fueron los atentados de Londres en julio de 2005).

En cualquier caso, la historia pone a cada uno en su lugar. George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar han pasado a agrandar las listas de los peores mandatarios de la Historia de la Humanidad, personajes que supieron hacer prevalecer sus propios intereses o el de sus partidos frente al interés común, ya sea nacional o internacional.

Navega por Internet, a través de correos electrónicos, un vídeo en el que el divulgador científico británico Richard Dawkins conversa con un musulmán. El vídeo se emplea como muestra del radicalismo del Islam. Sin embargo, imagino que pocos de los que reenvían el correo se esperan a la reflexión final de Dawkins. Aquí tienen el vídeo completo.





No importa Islam o Cristianismo, Budismo o Hinduísmo. El radicalismo es el cáncer de los pueblos. Una guerra traerá otra, y la sangre de unas víctimas se limpiará con más sangre. Y, mientras tanto, va pasando la vida. Una nación muerta de pensamientos será pasto del radicalismo, sea religioso o político. Así que vean cine documental. Vean películas protesta. Lean y escuchen libros o noticias no manipuladas. Y, sobre todo, piensen, ya que seremos un poquito más libres cuando nos preguntemos el porqué de las cosas que pasan en vez de asistir a las mentiras con pasividad y resignación, sin cuestionarnos la razón que se oculta tras ellas.

viernes, 15 de octubre de 2010

Enseñar idiomas

En la universidad, creo que durante mi último año de carrera, me matriculé en Didáctica del español como lengua extranjera; o lo que es lo mismo, cómo enseñar español a un extranjero. Lógicamente, esa asignatura puede aplicarse a cualquier idioma.

Recuerdo la pregunta que nos hizo la profesora el primer día de clase: «¿Hablaríais inglés en una futura clase de Español a alumnos ingleses?». La respuesta fue un rotundo sí. Para ejemplificar. Para ofrecer traducciones sencillas del tipo table = mesa, etcétera.

La profesora dijo entonces: «¿Hablaríais chino en una futura clase de Español a alumnos chinos?». La respuesta, de nuevo, fue rotunda: no, porque no conocemos la lengua china.

Por último, nuestra profesora volvió a hablar: «En una clase de Español donde tuvierais un alumno chino, otro inglés, dos franceses y un alemán, ¿qué idioma hablaríais?». La respuesta era obvia: español, únicamente español. La profesora sonrió satisfecha.

Vengo a decir eso porque ayer comencé mis clases de italiano en la Escuela Oficial de Idiomas de Elche. Era algo que quería hacer desde hace mucho tiempo, ya que llevo escuchando música italiana desde mi adolescencia y siempre es mejor conocer y comprender los originales de las hermosas canciones de Eros Ramazzotti, Massimo di Cataldo, etc. Ese fue el motivo que expuse ayer cuando la profesora nos preguntó por qué nos habíamos matriculado en 1º de Italiano. Una parte de la clase lo había hecho porque no quedaban plazas en francés o inglés. El resto veníamos atraídos por la riqueza de ese idioma y la cultura que trae detrás, una cultura que bebe directamente del Arte y que, con la excusa de saber la lengua, casi obliga a un futuro viaje a Italia, donde ya no habrá que andar perdido por las callejuelas de Roma, Nápoles o Venecia sin saber ni siquiera cómo pedir una barra de pan.

Y ayer, en esa primera clase, nuestra profesora entró por la puerta hablando italiano desde el primer momento. Nada de «Buenas tardes, o en italiano buona sera». Italiano desde el primer instante. Así es como se aprende una lengua. Así es como se enseña una lengua.

En ese momento recordé aquella clase en la Universidad de Alicante de Didáctica del español como lengua extranjera y comprendí cuán necesaria fue aquella asignatura. Yo lo aplico, en el ámbito musical, a mis alumnos de Solfeo: desde el primer día de clase, aun cuando no tienen ningún conocimiento, les estoy cantando y solfeando, «obligándoles» a que ellos también lo hagan.

Es la única forma de aprender algo nuevo: recibir constantemente inputs necesarios, mezclados con explicaciones básicas y vocabulario. Y, sobre todo, en el caso de una lengua, hablar, hablar y hablar. Solo así se aprende.

También ayer recordé mis clases de Inglés en el instituto. Allí simplemente traducíamos y traducíamos. Por eso, la mayor parte de mi generación (si no han recibido posteriormente clases en academias o en la Escuela Oficial) sabe leer perfectamente inglés, sabe incluso escribirlo, pero a la hora de hablar y escuchar, como suele decirse, no tiene ni la más remota idea.

Y la enseñanza de un idioma se compone de cuatro aspectos básicos: saber leer y escribir, y saber hablar y escuchar, comprendiendo claro está lo que se lee y lo que se escucha. Es la única forma de alcanzar el entendimiento con un nativo de esa lengua. De momento, en italiano, ya hemos puesto la primera piedra.

Les regalo ahora una de las últimas canciones de Eros Ramazzotti, de su último disco Ali e radici. Se trata del segundo corte, «Il cammino». Aquí les pongo la versión original. Disfrútenla.

miércoles, 13 de octubre de 2010

El placer de lo sencillo

No hace mucho leí un ensayo titulado El ruido eterno, escrito por Alex Ross y publicado en España por la editorial Seix Barral. Bajo ese enigmático título (extraído de la última frase que Willian Shakespeare pone en boca de Hamlet antes de que este muriera), aparece un subtítulo totalmente esclarecedor del contenido del libro: «escuchar al siglo XX a través de su música». Ni qué decir tiene que la «música» a la que hacía referencia el ensayo era la erróneamente conocida como clásica, período musical que abarca desde la segunda mitad del XVIII (contando a partir de la muerte de J. S. Bach) y hasta 1830 aproximadamente (tras la muerte de Ludwig van Beethoven, momento en que se considera iniciado el Romanticismo).

Las fechas, por supuesto, como en todo momento histórico o sociocultural, son variables según los tratados o manuales que se consulten.

A toda esa música se le presupone un carácter complicado que, de entrada, resta muchos posibles oyentes. Desde hace décadas, élites sociales han querido rodear a la música clásica de una pátina de sabiduría y elegancia, un género que (como antagonismo a la música popular o de masas) creaba diferencias en función de la educación y el estatus. Ya en la actualidad, los adolescentes que no han crecido en un ambiente musical de sonatas, óperas y conciertos grossos, se muestran muy reacios a adentrarse en la música clásica, precisamente por considerarla antigua, rancia o dificil de entender.

No es antigua, porque actualmente se está componiendo mucha música clásica, algunas de esas piezas incluso como parte de bandas sonoras de películas o insertadas en series de televisión y canciones de grupos de rock, rap o heavy.

No es rancia, ya que puede mostrar la modernidad y muchas de esas obras de música clásica incorporan elementos electrónicos o sonidos guturales como parte de la partitura.

Y, por supuesto, para nada es difícil de entender, cuando los niños de cinco o seis años inician sus clases de solfeo y en apenas unos meses ya entonan y leen partituras con total facilidad, y cuando los maestros (en los que me atrevo a sumarme) emplean ejemplos musicales de grandes compositores en las clases, algo que comienza a quitarles ese miedo que parece darles las salas de concierto o los auditorios.

Para todo aquel que sea un perfecto desconocedor de la música clásica, sugiero que entre en ese enorme mundo a partir del Romanticismo: es la período de la Historia de la Música que más quiso incidir en las emociones, en las sensaciones que producen los sonidos en nuestro interior. Nocturnos, poemas sinfónicos, escenas musicales, etc.

Para muestra, el Preludio en mi menor (opus 28, nº 4) de Fryderyck Chopin, el mejor ejemplo de que la música es un viaje que recorre nuestros sentidos y puede, como en esta ocasión, hacernos volar y trasladarnos a otros mundos. Escúchenla con los ojos cerrados.



Tras el Romanticismo, aquellos que quieran seguir profundizando en la música clásica pueden ir escuchando piezas del Clasicismo y del Barroco. Empezar con una selección de obras «conocidas» siempre ayuda en estos casos, y en el mercado hay cientos.

Más tarde, siempre hay tiempo de especializarse en una única época (Renacimiento, Música Antigua, Música Contemporánea...), género (conciertos para solista y orquesta, música para teclado, obras orquestales...) o instrumento (dúos de violín, sonatas para piano y flauta, obras para banda de música...). Y a partir de ahí, el abanico es inmenso, y la música clásica comienza a extender sus largos brazos para abarcarlo todo. Escuchen, si no, esta pieza de Yann Tiersen correspondiente a la BSO de la película francesa Amélie.



Son cuatro acordes únicamente, pero en la música, como a veces con las palabras, lo más sencillo es a veces lo más sublime. Otros cuatro acordes conforman una de las numerosas obras para piano del compositor surcoreano Yiruma; se trata de River flows in you. En este vídeo, él mismo está al frente del piano.



En estos breves ejemplos, la sencillez rodea toda la partitura. Obras cortas de apenas cuarenta o cincuenta compases, compuestas con una no muy enrevesada armonía, pero cuya riqueza reside precisamente en eso.

Ahí está la belleza de la música, cuando nos podemos deleitar en el placer de lo sencillo.

martes, 12 de octubre de 2010

Una Fiesta de todos

Hoy, 12 de octubre, celebramos la Fiesta Nacional de España. El Día de la Hispanidad. Celebramos que Cristóbal Colón, pensando que había encontrado una forma más sencilla de llegar a las Indias, alcanzó la tierras de la actual isla de Guanahani, en el archipiélago de las Bahamas, que el navegante llamó San Salvador.

He ahí cuando se produce el casual descubrimiento de América, terminología muy discutida últimamente. En realidad, no puede descubrirse algo de lo que no se tiene constancia (recordemos que no fue hasta 1507, ya muerto Colón, cuando el alemán Martin Waldseemüller presenta un mapa del mundo y el tratado Introducción a la cosmografía donde se menciona por vez primera el continente americano por ese nombre). En ese caso, el descubrimiento se dio cuando alguien se dio cuenta de que Cristóbal Colón había llegado realmente a unas tierras desconocidas para los europeos.

Igualmente, también puede referirse al hecho como el de una conquista, la conquista del indígena y su posterior colonización, palabras que personalmente considero impropias, ya que toda conquista y toda colonización supone, a la fuerza, un conquistado, un colonizado; a fin de cuentas, alguien cuya libertad se ve truncada en un momento dado por culpa de la llegada o aparición de otra persona que considera que su cultura o su posición social es más aventajada. Por ese motivo, tampoco me gusta cuando se refiere al hecho producido el 12 de octubre de 1492 como el descubrimiento del Nuevo Mundo. Ese Nuevo Mundo ya estaba habitado. El descubrimiento a ojos europeos de lo que se consideró como nuevo o exótico no es más que tratar de negar la existencia de otras razas o culturas completamente diferentes a la nuestra. Eso se puede explicar en el siglo XV, cuando el ser humano era el centro del universo y la Tierra creación divina para disfrute exclusivo de las personas blancas. Hoy en día, es negar la evidencia de la multiculturalidad. Y negar, de igual forma, que el día de hoy se celebra con igual o mayor intensidad en todos los países de América del Sur (con el nombre de Día de la Raza o Día de las Américas) y, también, en Estados Unidos (donde se le llama Día de Colón). En cualquier caso, tampoco me gusta la terminología de Día de la Raza, más que nada por haber múltiples razas inmersas e implicadas en el acontecimiento.

Prefiero el término de Encuentro entre dos culturas. Dos mundos que se encontraron esa madrugada del 11 al 12 de octubre de 1492. Dos culturas diferentes, condenadas a odiarse y a entenderse, que ha provocado que hoy en día haya 500 millones de hispanohablantes en el mundo, siendo el español la segunda lengua más hablada del mundo, únicamente superada por el chino mandarín.

Esa es realmente la Fiesta que debemos celebrar. La fiesta de la lengua española. Nuestra lengua.

Lejos de las celebraciones locales que tienen lugar en Zaragoza, donde la Virgen del Pilar es Patrona, este Día de la Hispanidad es una fiesta nacional que parece no calar demasiado entre los ciudadanos. Más bien pasa por ser un domingo cualquiera, este además con el debate a la hora de comer generado por el despliegue de nuestras Fuerzas Armadas en el consecuente desfile.

No obstante, hoy es el día en el que deberíamos celebrar el orgullo de poder pensar, escribir y soñar en español, tal y como también lo hacen buena parte de personas en Sudamérica. Alejándome del patriotismo rancio de nuestro pasado franquista, hoy, 12 de octubre, es la Fiesta de nuestra Hispanidad, una hispanidad que, aunque nos distinga culturalmente de nuestros hermanos de América, nos une gracias a una lengua común. Y la lengua, en vez de separar pueblos y crear conflictos, habría de ser elemento de cohesión y entendimiento entre naciones.

Esa es mi esperanza para el futuro.

lunes, 11 de octubre de 2010

El aplauso mudo

La etimología de la palabra aplaudir (del latín applaudĕre) se pierde, como suele decirse, en la noche de los tiempos. Se cuenta que, en el Imperio Romano, Nerón contrataba a cientos de personas para que acudieran a sus actos y apariciones públicas a palmotear cuando saliera a escena. Es algo, pues, que desde siempre ha transmitido una sensación de aprobación y regocijo, con mayor o menor ficción.

Aplaudimos (excepto las personas hoy en día contratadas en los platós de la televisión) cuando lo estamos pasando bien, cuando algo nos agrada o nos satisface, cuando queremos felicitar a alguien que no está próximo (en el espacio) a nosotros mismos. Aplauden los bebés y los chimpancés, señal indiscutible de que la conducta del aplauso es totalmente innata en los seres humanos y en aquellos animales que, evolutivamente hablando, se asemejan más a nosotros.

Incluso, cuando el aplauso es más largo de lo normal, es reseñable, como por ejemplo en un concierto. Si al finalizar una pieza, el público invierte más tiempo de lo normal en el ejercicio del aplauso, se considera que esa obra ha tenido muy buena acogida. Si se diera el caso, un medio de comunicación podría escribir: «y tal pieza recibió cinco minutos de aplausos», algo que, de estar presente, sin duda alguna alegraría al compositor. En cualquier caso, es algo que también gustan (o gustamos) de recibir los músicos, señal de que a los asistentes les ha agradado una interpretación que, en la mayoría de los casos, supone horas y horas de inversión en estudio y ensayo.

Y ahí viene lo importante: la interpretación. Cuando se toca una pieza durante un concierto, ¿aplaudimos esa pieza o aplaudimos a los músicos? Si no aplaudimos, ¿es un agravio a la pieza en sí o a los músicos como intérpretes de la misma? Difícil dicotomía.

Hay quien podría pensar que, si no se aplaude a los músicos durante un concierto o un recital, lo mejor hubiera sido no asistir a tal acto, ya que esa «falta de respeto» hacia el trabajo musical puede ser fácilmente evitable únicamente no yendo a escuchar ese recital. Porque, ¿de verdad hemos de pensar que hay gente en contra de cierta obra o de un compositor en concreto? Mente extraña esa; y discutible manera de pensar... ¿Podemos estar realmente en contra de una obra de Richard Wagner o de uno de los Nocturnos de Chopin? Supongo y espero que la respuesta sea no. Y si fuera así, lo más seguro es que muchos de ustedes aplaudirían la labor de la orquesta, del solista o de la persona sentada al frente del piano.

El pasado sábado, día de la Comunitat Valenciana, durante el concierto posterior al acto institucional que tuvo lugar en el Ayuntamiento de Novelda, cuando el quinteto de trombones terminó la interpretación de la Muixeranga d'Algemesí, hubo una persona (para más inri, portavoz de un partido político en el Pleno) que no movió sus manos. Fue la única entre sus compañeros de filas. Los demás entendieron que sus aplausos iban dirigidos a los músicos, lógicamente. Esa persona quiso ver en esa pieza de carácter popular no sé qué enlaces independentistas y libertarios. Por ese motivo, se revolvió en su asiento, lanzó una mueca de desprecio y mantuvo sus manos quietas.

Lo dicho: mente extraña la que piensa que la música popular, más allá de ser un elemento representativo de la cultura de un pueblo, es una forma de agitar políticamente las ideas y las libertades básicas del individuo.

Porque la Música (con la mayúscula que su grandeza merece) no es catalanista, socialista, conservadora o liberal. La Música representa la libertad. La Música fluye en el universo y en la naturaleza. Brota de la nada (en palabras de Steve Reich) y es el mejor ejemplo de que todos nuestros sueños tienen voz y pueden ser plasmados dentro de los límites invisibles de un pentagrama. La miseria nace cuando hay gente que quiere ver más allá de esas notas y esos sonidos. Pero los muros que ansían y ven por doquier están dentro de ellos mismos y, desde luego, nunca en el interior de los corazones del Artista, del Poeta o del Músico.

sábado, 9 de octubre de 2010

Som Comunitat

Hoy es el día de la Comunitat Valenciana. 9 de octubre, fecha en que se conmemora la entrada en la ciudad de Valencia de las tropas del rey Jaume I en 1238. Hasta años después, ya entrado el siglo XIV, no se finalizó la conquista, pero el 9 de octubre se eligió, desde 1338, como fecha en la que todos los valencianos y las valencianas celebráramos la derrota de los moros frente al rey cristiano.

Actualmente, la Comunitat Valenciana está plenamente inundada por la corrupción y la inactividad. No hay remedio posible; únicamente, la conquista (de nuevo) de valores cívicos y democráticos que devuelvan a las instituciones el ejercicio libre y responsable de la actividad. Todas las consellerías se encuentran en K.O. técnico, sin posibilidad de inversión o gasto o, cuando este último se produce, muy alejado de la idea inicial, como el caso de la Conselleria de Cooperació, que desvió parte de sus fondos para comprar pisos y garajes. Una lástima. O como la Conselleria d'Educació, que rebaja continuamente los fondos dedicados a la promoción de la lengua propia de esta Comunidad, el valenciano, algo que en otras autonomías, como en Cataluña (con la que compartimos lengua) o Galicia (idioma también hermoso, el gallego), sería totalmente impensable. En cualquier, solo hay que ver la promoción lingüística que realiza nuestra televisión autonómica, Canal 9. Sus formas totalitarias y partidistas conforman un gran chiste visual para el resto de España y, además, un insulto para la profesión periodista, que ve aquí cómo los informativos se manipulan para dar una información sesgada y populista.

Y es que el 9 d'Octubre, después de realizar las pertinentes celebraciones y discursos institucionales, se ha de convertir en la fiesta de todos lo valencianos y valencianas, el día en el calendario en el que reivindicar más derechos para nosotros. Somos una de las comunidades con más paro, y eso es responsabilidad del Sr. President Francisco Camps. Somos la comunidad donde los niños y las niñas pasan más parte de su vida escolar en barracones. Somos la comunidad donde las ayudas estatales a la Dependencia, saltando por completo la Ley, nunca llegan a las personas que lo necesitan, quedándose en el camino de la Fórmula 1. Somos una comunidad donde nuestro Presidente y gran mayoría de Consellers, además de parte de la mesa de les Corts, están imputados por casos de corrupción, aferrados al cargo tan solo con la idea de perpetuarse para siempre en el poder.

Somos Comunitat Valenciana. Hacemos Comunitat Valenciana. Deberíamos pensar ya mismo en construir un nueva Comunitat. La que tenemos ya no da más de sí, pero ante todo, tampoco quienes nos gobiernan. Ellos no tienen la capacidad ética y moral necesaria para continuar siendo dirigentes de un barco que va abocado al desastre en todos los niveles: económico, social y cultural. Hay que retomar el timón cuanto antes para dirigir esta hermosa Comunitat Valenciana bajo los ideales que la levantaron, allá por el siglo XIV: el comercio y la industria, la cultura, la educación, la libertad.

Libertad informativa que también se echa en falta en China, donde hoy mismo la mujer del último Premio Nobel de la Paz, Liu Xiaobo, viaja a la cárcel donde lo tienen preso desde hace dos años para comunicarle la noticia del galardón. Allí también, como en esta Comunitat, viven encerrados en cárceles invisibles que les construyen los dirigentes y los medios informativos públicos. China empieza a despertar, pero parece que queda muy lejos la libertad plena. En la Comunitat Valenciana, mucha gente todavía tiene los ojos vendados. Esperemos que cuando las miradas vuelvan a ver la luz del sol sin impedimentos, no sea demasiado tarde...

Hasta entonces, nos queda aquella bellísima canción de John Lennon, que hoy hubiera cumplido setenta años: "Imagine". Esperando que algún día también gocemos nosotros de esa ansiada libertad universal, disfruten de la fiesta (para los que, como yo, son valencianos) o del puente (para el resto).

viernes, 8 de octubre de 2010

La fiesta de Mario

El escritor y periodista peruano Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), también español desde 1993, acaba de ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2010.

De nuevo, y desde que en 1990 lo obtuviera el mexicano Octavio Paz, el Nobel de Literatura habla español (salvando, claro está, la memoria del portugués José Saramago). El español es la cuarta lengua más común entre los premiados, representada esta vez en la persona de Vargas Llosa, autor fundamental de nuestro idioma e importante valedor de los derechos humanos de las gentes de Surámerica en textos ya clásicos como La ciudad y los perros, La tía Julia y el escribidor, La fiesta del chivo o Conversaciones en La Catedral.

Vargas Llosa consigue este merecido premio después de estar años y años presente en todas las quinielas. Era un premio que ya le tocaba, sobre todo para un Nobel que, al contrario de las otras disciplinas, no se entrega a la mejor obra o creación de ese año, sino como reconocimiento a toda una carrera; en este caso, literaria, aunque el compromiso del peruano con la sociedad va muchísimo más allá (como no podría ser de otra manera tratándose de un escritor; es decir, un «redactor de vidas»). Después de todo, cosas peores se han visto en la Academia Sueca, como la concesión del Nobel de la Paz el año pasado al presidente estadounidense Barack Obama, por las buenas intenciones que tuvo y, textualmente, por «brindar a su pueblo la esperanza de un futuro mejor». Esas palabras se las tendría que aplicar cualquier persona que se dedique al ejercicio de la vida pública, pero estamos hablando de literatura.

Tal vez debería cambiarse el modo de elegir el Nobel (en el caso de Mario Vargas Llosa parece más un «porque ya tocaba» que un premio merecido). Seguro que el pasado año se publicaron novelas que hubieran merecido un galardón y un reconocimiento, aunque para eso ya está el Premio Pulitzer, el Premio de la Crítica, el Premio Nacional de Narrativa, etc. Quizá se haya dejado el Nobel de Literatura como mero reconocimiento a las viejas glorias (a pesar de que muchísimos autores geniales nunca lo obtuvieron), y eso se debe seguramente al carácter ambiguo del testamento de Alfred Nobel, que dejó escrito que el Nobel literario debería recaer «a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal», sin especificar si esa obra se refiere a una sola o al conjunto de toda una vida. En cualquier caso, hoy es una gran fiesta para las letras españolas: Mario Vargas Llosa ha conseguido el Premio Nobel de Literatura de este año. Como filólogo me siento orgulloso de poder conocer y saber leer la lengua original del último nobel, un autor que leíamos en las clases de Narrativa Hispanoamericana de los 60, genialmente impartidas por la profesora Carmen Alemany, en la Universidad de Alicante.

Y me siento orgulloso de mi lengua natal, sobre todo hoy, por Vargas Llosa, y a pesar de las declaraciones del futbolista de la selección española, Sergio Ramos, que, molesto de que su compañero Gerard Piqué respondiera a la pregunta de un periodista en catalán, pidió que se lo dijera en andaluz, porque el castellano por lo visto le costaba a ese periodista. Palabras fuera de tono, sin ninguna duda, sobre todo por el hecho de que el andaluz no es una lengua, sino una variante del español (ni siquiera del castellano, que también es otra variante de la lengua española).

Pero eso ya es otro tema. Hoy es la fiesta de Mario Vargas Llosa. Y esa fiesta de la buena literatura en español me quería sumar. ¡Enhorabuena, Mario!

Inyección caducada

La fecha de caducidad ha sido el problema. Lo que en algunos casos, como los huevos, la leche o los yogures, es más un modo de sortear una leve indigestión, en otros casos puede llegar a alargar el sufrimiento de las personas que esperan la fecha de su muerte en los corredores de las cárceles de Estados Unidos.

En California, el problema estaba en la dosis de pentotal sódico, el fármaco que duerme al preso antes de las dos siguientes inyecciones (que paralizarán el corazón, provocándole un rápido coma). Esa dosis caducaba el pasado 1 de octubre, pero el Supremo de ese estado norteamericano suspendió la ejecución al pensar que la fiscalía pretendía eliminar al preso (Albert Greenwood Brown, de 56 años, que lleva desde 1980 en el corredor por violación y asesinato) antes de que el pentotal caducase.

¿Y qué piensan los creadores del fármaco? Hospira, la empresa que lo produce, está molesta de que un medicamento que se emplea con fines médicos (en operaciones quirúrgicas, incluso en las mismas cárceles) se conozca en todo el mundo como el primer paso para matar a alguien.

Así que al preso C-43700 de la prisión de San Quintín, Albert Brown, la fecha de caducidad le ha servido para alargarle la agonía, igual que les ha pasado a otros condenados de Arizona, Oklahoma y Kentucky. Eso, en un sistema como el estadounidense, donde no se contempla la redención o la reinserción, es algo que no sentará demasiado bien en los estómagos agradecidos del «ojo por ojo».

En España, por fortuna (y salvo las contadas ocasiones en las que aflora el debate de la pena capital), apenas se habla de la posibilidad de ejecutar a los condenados. Únicamente en casos extremos de pedofilia o terrorismo, y siempre desde ángulos de vista también extremos, se comenta la viabilidad, cambiando nuestro Código Penal, de que el que la hace, la pague con su vida. Sobre todo cuando las condenas sobrepasan los dos o tres siglos. Mejor entonces, tal vez, ejecutar a un preso que alargarle inútilmente una estancia en la cárcel que (todos lo sabemos) al final no pasará de treinta años.

El debate está servido. Y siempre aflora cuando echamos la mirada hacia la otra parte del mundo, allá donde tienen muy asumido en la sangre el que una persona que causa un daño a la sociedad no puede integrarse en esa sociedad pasado un tiempo.

Una generación sin letra

Douglas Coupland acuñó y popularizó el término en su obra de 1991 Generación X, pero ya se venía hablando de ella desde 1964. Los nacidos entre el 71 y el 85 del pasado siglo fueron los hijos del baby boom, los que se rebelaron (o nos rebelamos, puesto que yo nací entre esos años) contra la tradición, los que jugamos a las canicas pero también a la PlayStation, los que vimos cómo entraba Internet y nos maravillamos, los que crecimos con el grunge, los que inventamos (tristemente) el botellón… Y un largo etcétera que no quiero alargar porque en más de una ocasión he hablado sobre ese tema.

En España se trata de la generación más preparada de la historia, universitarios soltados a un mundo lleno de universitarios, sabiendo idiomas y manejando las nuevas tecnologías mejor que nadie, pero sin sitio en el mundo, un mundo que controlan personas forjadas en la experiencia y que demandan únicamente eso: experiencia.

Heredera de esta generación es la Generación Y, referida a los nacidos entre el 86 y el 92, movidos por el punk, el rap y el heavy metal, la generación del nuevo milenio, los que aún compraban chucherías con pesetas pero iban al cine ya en euros. Los que viven esta crisis de pensamiento desde el instituto o la universidad, con la apatía de enfrentarse en pocos años a un mercado laboral saturado, los que han visto a sus padres perder el trabajo, los que han presenciado cómo toda una sociedad se desmoronaba fruto de la codicia y la avaricia de las grandes corporaciones empresariales. Para ellos, los lujos de la Generación X (como la televisión por cable, las videoconsolas, etc.) son algo propio o natural, algo a lo que difícilmente se puede renunciar.

Por último, la Generación Z abarca a los nacidos entre 1993 y la mitad de la década de los 2000, lo que representa el 18% de la población mundial. La tecnología ha crecido con ellos, y viceversa. No llegan a la mayoría de edad, pero se mueven como peces en el agua a través de Internet, se comunican mediante móviles de ultimísima generación o por Tuenti y Facebook y aprenden con Google. Ellos no ven la educación como algo prioritario, pues sus hermanos mayores (los de la Generación X) tienen dos licenciaturas y un máster y siguen trabajando de cajeros, reponedores o maquinistas por menos de 1.000 euros al mes. Sus padres forman la generación anterior a la X, tuvieron que sufrir los últimos coletazos de la dictadura franquista y han tomado la decisión de que a esos niños no les falte de nada. La Generación Z vive dentro y forma parte del mercado de ocio y consumo. Saben (o están empezando a saberlo) que les costará horrores encontrar un puesto de trabajo y en el mundo de la competitividad, pero tampoco tienen prisa: sus necesidades están cubiertas, son jóvenes y el futuro es esa línea en el tiempo que todavía queda demasiado lejana.

Muchos de los cuentos de progreso y libertad que nos contaban nuestros padres, cuentos en los que la educación y la formación eran las líneas que marcaban unas vidas llenas de éxito económico y personal, se esfumaron de la noche a la mañana con la misma rapidez con la que explotó la burbuja inmobiliaria. Aquí en España, también de la noche a la mañana, el café que costaba cien pesetas pasó a valer 1 euro (166 pesetas), el disco que costaba 2.500 pesetas pasó a valer 25 euros (más de 4.000 pesetas)…; sin embargo, el que cobraba 100.000 pesetas sí pasó a cobrar 600 euros. Todo eso, unido a la complacencia de los bancos a la hora de entregar créditos a cuarenta años a personas que estaba claro que no podían pagarlos, nos metió en el agujero en el que estamos ahora. Alguien me lo dijo: «mi nómina ponía 900 euros, pero con horas extras e incentivos llegaba a los casi tres mil euros; ¿cómo no iba a comprarme un chalé?, ¿cómo no iba a comprarle a mi hijo un coche?».

Cuando los incentivos se acabaron, cuando ya no había horas extras que hacer, el sueldo se mantuvo en 900 euros, pero ya nadie podía pagar sus hipotecas, sus préstamos personales. El sistema terminó por ahogarse a sí mismo. Quienes lo crearon también lo destruyeron. No era sostenible, se veía venir, pero todos pensaban: «cuando esto reviente, a mí que no me pille…». Es el egoísmo puro y duro, hilo conductor de todas esas generaciones que nacieron en el siglo XX y viven en un siglo XXI que parece que, por fin, va a ser el de la reconciliación con el planeta Tierra.

El globo explotó y ahora apenas quedan pulmones para hincharlo. Jamás nada volverá a ser como antes, porque algo debemos aprender de toda esta situación, algo nos tiene que enseñar. Yo creo que es humanidad, sinceridad, humildad, respeto hacia los demás y (también) hacia el resto de especies que viven en el mundo, hacia el medio ambiente, comprensión plena… Esos son los valores que debemos asumir para el siglo XXI. Esos son los verdaderos objetivos, pero no del milenio, sino de los próximos años.

Estamos terminando la primera década de los 2000, estamos creando el futuro para los nietos de nuestros nietos. La Generación Z pronto será la que tenga que dirigir los designios de todas las sociedades. La siguiente no tiene letra, tal vez ni siquiera la necesite. Son los niños y niñas que aún no han nacido. Debemos enseñarles que hay un planeta hermoso al que cuidar, habitado por treinta millones de especies diferentes que deben respetar y valorar, habitado por personas, muchas de ellas diferentes en pensamiento, cultura, credo o color, pero todas ellas con algo que decir. Es muy difícil, pero a esa generación del futuro, a esa generación sin letra identificativa, le podríamos enseñar a escuchar. Si lo consiguiéramos, tal vez estaríamos en paz con la Historia.

Della politica e dei politici

Hay personas que nacen políticas, que ya desde muy jóvenes ven crecer en su interior la llama de una necesidad de invertir parte de su tiempo al servicio de los ciudadanos. Una parte de esas personas, triste y desgraciadamente, lo hacen también como una inversión propia, como un modo de salida profesional y laboral. En esos casos, es posible que la ilusión por el poder y el estatus haga desaparecer algunos traumas de infancia y juventud. En esos casos, también es posible que no importe el partido político al que adscribirse, ya que el único objetivo es ascender puestos en el escalafón, sin importar cuántos codazos dar ni cuántas cabezas pisar. Ejemplos de esas personas hay muchas (demasiadas, lamentablemente), y no hay que levantar la vista hacia las grandes instituciones para toparnos con esos hombres o mujeres. Son tristes esas vidas, sobre todo para las propias personas que así actúan, pero no están tan lejos de nosotros; a veces, nos los cruzamos por la calle, podemos compartir desayuno en la misma barra y los dejamos pasar en el siguiente cruce de peatones.

El otro gran grupo sería el de las personas que se hacen políticas o, por así decirlo, que se encuentran casualmente con el mundo de la política, tal vez cuando jamás pensaron dedicarse a eso, quizá cuando habían pensado que sus vidas andarían por diferentes derroteros. Considero que ese es mi caso.

Llegué a la política joven, inexperto y discutido, por eso le estaré eternamente agradecido a las personas que apostaron por mí para, en primer lugar, estar en la lista electoral de un partido, bajo las siglas de una ideología y con la posibilidad de representar a todos los ciudadanos y ciudadanas de mi pueblo. En el momento de las elecciones, en mayo del pasado 2007, en ese instante de la ya consabida fiesta de la democracia, ese pueblo habló y, semanas después, prometí mi cargo como concejal del Ayuntamiento de Novelda.

A estos niveles tan bajos de la labor política (comparados con las diputaciones, las consejerías o los ministerios), pero no por ello menos importantes; a estos niveles en los que las ideologías se solapan por la necesidad de comprensión y cercanía hacia todos los vecinos del municipio, lo que prima es la dedicación personal, la voluntad propia y, ante todo, la satisfacción de poder realizar actuaciones que mejoren la vida de la Ciudad como ente y de todos los ciudadanos como habitantes de ese espacio. Es una suerte y un orgullo para mí el ser, entre otras dedicaciones, el Concejal de Turismo de la ciudad que me vio nacer hace ya veintisiete años. Es una suerte llevar a cabo actividades y promociones que pongan a Novelda en el centro turístico de la provincia de Alicante. Por su gastronomía. Por sus fiestas. Por su cultura. Por su patrimonio modernista. Pero, sobre todo, por las personas que vivimos allí.

Igualmente, y tal vez porque considero que la política tan solo es un paréntesis más en mi vida (un paréntesis ahora abierto y que únicamente cerraré cuando llegue el día en el que al levantarme no tenga ganas de trabajar por mi pueblo), nunca he dejado de hacer otras cosas. En todos estos meses, he seguido dando clases en la Escuela de Música de la Unión Musical «La Artística» (la entidad que me vio nacer y crecer como músico), he seguido acudiendo a los ensayos, he seguido escribiendo, he seguido componiendo, he tratado siempre de que mis alumnos sigan creciendo como personas que afronten su futuro con ilusión, desde la formación humana y personal, poniéndoles como meta y objetivo sus propios sueños. En ocasiones, el hecho de compatibilizar las clases con mi trabajo en el Ayuntamiento me ha llevado a efectuar piruetas, pero que siempre han sido entendidas por las direcciones de los centros en los que he estado, algo que valoro, y mucho.

Como también valoro (más aún) que se respetara y entendiera la posición ideológica y de partido que en ocasiones podía chocar con las direcciones de esos centros, pero que para nada influían en mis quehaceres como profesor o educador. Siempre he procurado que, al entrar en una clase, todo lo que influía en mí como concejal o miembro de un partido se quedara en la puerta. Dentro del aula, lo único que importa es el alumnado. En el fuero interno y personal, cada cual puede tener unas convicciones o unos pensamientos, algo que nunca debe traspasarse al niño o a la niña. Creo que en estos meses he logrado ese objetivo.

Asimismo, creo (espero que así sea) que no he cambiado mucho como persona. Sigo yendo a los mismos sitios a almorzar, a cenar o a tomar una copa. Creo que sigo siendo igual de cercano que lo era antes, me enfado por las mismas cosas, escucho la misma música (con excepcionales descubrimientos), trato de seguir dedicándole a la lectura y a la escritura el tiempo que se merecen y trato (sobre todo) de pasar tiempo con las personas que me quieren, me cuidan y me estiman.

En conclusión, e hilado con lo que decía al principio de esta reflexión, realmente hay dos clases de políticos: los honrados y los que no lo son. Al final todo se reduce a eso. Porque los que sitúan la opción política de un partido como barrera a cualquier otro aspecto, no están siendo honrados con lo que la política debe o debería representar y transmitir. Un ex alcalde de mi ciudad, al verme a mí tocando en una de las dos bandas que hay en el municipio, le dijo a un compañero músico que es miembro de su partido: «¿Qué haces aquí con ese? Deberías cambiarte a la otra banda…».

Esa forma de dividir la sociedad en partidos políticos, y además utilizando un valor cultural importantísimo como es una banda de música (donde se reúnen personas de distintas opiniones y pensamientos, pero que aman la música por encima de cualquier otra diferencia) es la tarjeta de presentación de aquellos que nunca podrían representar los valores y la ética necesarias para actuar en política.

Y participar activamente de las decisiones que un Ayuntamiento toma, buscando siempre el bienestar de sus conciudadanos, es algo que debería eliminar cualquier diferencia. Al contrario, el político debe construir o ayudar a construir un espacio común más humano y menos brusco, el lugar en el que podamos afrontar con ilusión y fuerza el futuro.

El hombre sobre el alambre


Que el vasto mundo siga girando (RBA, 2010), la novela de Colum McCann que obtuvo el National Book Award de Estados Unidos el año pasado, comienza con un hecho real.

El 7 de agosto de 1974, Philippe Petit tendió un cable entre las torres del World Trade Center y estuvo alrededor de cuarenta cinco minutos cruzando de lado a lado, bailando, saludando a la expectante multitud que se agolpaba a los pies de los edificios… Hubo un momento en el que se tumbó sobre el cable y parecía que charlase con una gaviota. Cuando al final la policía consiguió que volviera a la azotea de una de las torres la pregunta era evidente: «¿por qué?». Sin embargo, para Petit no había una razón que justificara esa hazaña. ¿Emoción? ¿Riesgo? ¿Afán de notoriedad? Tal vez incluso las tres juntas. Lo que está claro es que aquel paseo le sirvió al francés para conseguir la inmortalidad. Y más aún cuando publicó sus memorias (Alcanzar las nubes, Alpha Decay, 2007).

Cuando el 11 de septiembre de 2001, las Torres Gemelas desaparecieron de la postal de Nueva York y del imaginario colectivo de todo el mundo, Philippe Petit alcanzó ese estado absoluto de ser el único ser humano que caminó (y caminará) entre esas torres. Jamás nadie volvería a repetirlo.

En 2008, James Marsh dirigió el documental Man on wire, donde el propio Petit explica la hazaña: cómo consiguió colarse en el World Trade Center, cómo burló la seguridad, los nervios, la preparación… El documental obtuvo el Óscar de 2009 en su categoría y el BAFTA a la mejor película británica. Totalmente merecidos.

Todo lo que toca Philippe Petit se convierte en éxito. ¿Todo? El libro de Colum McCann, definitivamente, no. Emplea el paseo de Petit entre las Torres Gemelas como un simple hecho que aglutina una serie de historias individuales que se cruzan en el tiempo y el espacio, siempre con el telón de fondo de Nueva York, lógicamente. Tiene momentos de lucidez narrativa, y en los agradecimientos finales se vislumbran los nombres (Paul Auster, John McCormack…) de aquellos que los hicieron posibles. Salvo contadísimas excepciones, el relato de McCann pierde total interés, llegando incluso a descripciones repetitivas que ralentizan la acción y la lectura, una acción que muy a menudo se estanca, una lectura que se hace pesada y en ocasiones aburrida. Únicamente los pasajes que narran la hazaña del funámbulo logran atraer la atención, algo que sucede cada bastantes páginas. Es más, McCann llega a incumplir varios de los preceptos básicos que se emplean en la narrativa (algunos de ellos genialmente descritos en Cómo no escribir una novela (Seix Barral, 2010) por Howard Mittelmark y Sandra Newman, un hecho que choca con su currículo, puesto que el autor de Que el vasto mundo siga girando es profesor de escritura creativa en el Hunter College de la City University of New York.

Desde el primer instante, las aventuras y desventuras de esos ciudadanos neoyorquinos que aparecen en la novela (apenas dibujados sobre el papel y con los que difícilmente nos sentimos identificados en algún momento) no convencen, y ellos mismos funcionan como meros títeres, puestos ahí para completar y ver desde distintas ópticas el paseo épico entre las Torres Gemelas. Un juez y su mujer, una suerte de predicador irlandés y su hermano, las putas del Bronx…, todos ellos forman parte de la vorágine de la Gran Manzana, atenta al destino del hombre que pasea sobre un alambre. Pero McCann olvida que el relato era ese, como se puede ver en el documental antes referido, Man on wire.

Esa era la historia.

El ejercicio de entrelazar vidas sobre un hecho común es una buena idea, pero su tratamiento no ha sido el correcto y, lo que es peor, su lectura ha sido, en la mayor parte del tiempo, una verdadera pérdida del ídem.