Hace algunos años, la RAE actualizó las normas ortográficas. Hasta ahí nada nuevo. De hecho, es su función. Sin embargo, el problema viene cuando esas nuevas reglas no nos apañan. Es lo que ha ocurrido con la propuesta de que el adverbio solo y los pronombres demostrativos este, ese, aquel y sus variantes ya no lleven tilde.
Cuando éramos pequeños nos enseñaron en el colegio que solo lleva tilde cuando equivale a solamente; si no, es un adjetivo y, por tanto, no lleva. Pero la RAE se dio cuenta de que muy pocas veces, o ninguna si atendemos al contexto, hay confusión: son dos palabras de categorías gramaticales diferentes que se escriben y suenan igual, como puente, ojo o banco. A eso se le llama homógrafo y, según el contexto en que se encuentren, tendrán un significado u otro. ¿Por qué mantener, pues, la tilde diacrítica en solo? No es el caso de el/él o tu/tú, por poner dos ejemplos. Estas dos palabras se diferencian, además de en su categoría gramatical (determinante/pronombre) en su acentuación: el primero es átono y el segundo tónico y, por lo tanto, la tilde nos ayuda a distinguir esa pronunciación diferente de acuerdo a la categoría a la que pertenece.
Pero eso no ocurre ni con solo (que se pronuncia igual intensidad siendo adjetivo o adverbio) ni con los pronombres demostrativos. Nada distingue la pronunciación de esas palabras en estas frases:
A mi cumpleaños vendrán SOLO Juan y su hermana.
SOLO pudo estudiar un día para ese examen tan difícil.
ESTE coche es perfecto para mí.
ESTE es el libro que me compré.
No hay diferencias de pronunciación. El significado queda claro por el contexto. Entonces, ¿por qué seguir poniéndoles a estas palabras una tilde diacrítica que no tiene sentido? Y, puesto que son llanas acabadas en vocal (o en ese, caso de estos, esos, aquellos, etc.), no necesitan llevar tilde. Y es un error ortográfico ponérsela, como la propia Academia reconoce (la última vez en su canal de Twitter, @RAEinforma):
Sin embargo, como hecha la ley hecha la trampa, la propia RAE nos dice, en el Diccionario panhispánico de dudas que «ahora bien, cuando esta palabra pueda interpretarse en un mismo enunciado como adverbio o como adjetivo, se utilizará obligatoriamente la tilde en el uso adverbial para evitar ambigüedades». Como en la oración «Juan toma un café solo», que no sabemos si el café es lo único que toma o no hay nadie junto a Juan mientras lo toma. Pero esa excepción tiene problemas de comprensión incluso en la lengua hablada (donde la tilde de solo no se «escucha», por así decirlo, al pronunciarse de igual modo en todos sus sentidos). La RAE (y la lógica, por otra parte) nos ayuda a resolver esa ambigüedad: «Juan toma solamente un café».
Hay muchísima gente que no acepta esos cambios por parte de la Real Academia. «Cuando equivale a solamente, sólo ha llevado tilde», dicen. «Toda la vida», añaden. «La RAE puede decir misa», rematan. Como he repetido muchas veces en otras entradas en este blog o en artículos en prensa, la lengua es un ente vivo en constante evolución. Y para muestra un botón. Seguro que ustedes pueden recitar de memoria la retahíla de preposiciones en español: a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sin, so, sobre y tras. Desde hace algunos años, se añaden nuevas preposiciones: durante, mediante, versus y vía. Y esto no es algo demasiado nuevo, claro está: la preposición durante se reconoce como tal desde la 21ª edición del Diccionario, en 1992 y mediante desde la 20ª edición, en 1984. Versus apareció por vez primera en nuestro Diccionario en 1985 (revisión del diccionario anterior), con el sentido de «frente a, contra», tomado del inglés, que hizo una mala traducción de la preposición original latina, que quiere decir «hacia, en dirección a». Finalmente, la preposición vía es de corto recorrido: si bien en el DRAE de 1992 se decía que «en complementos circunstanciales sin artículo ni preposición, hace las veces de esta y equivale a “por, pasando por”. He venido VÍA París, La fotografía se ha recibido VÍA satélite», desde la 22ª edición, en 2001, ya tiene el estatus de preposición.
Y es que no todo es inamovible, y menos cuando tratamos asuntos lingüísticos. Ya ni siquiera la ciencia es inamovible. Cuando estudiábamos en la escuela la lista de planetas del Sistema Solar (Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón) nos la sabíamos de memoria, por orden, como las provincias de Andalucía o los afluentes del Ebro, como los reyes godos o las capitales de estado de EE. UU. No obstante, desde 2006, nuestro Sistema Solar cuenta con ocho planetas, uno menos; Plutón se considera desde entonces un planeta enano, junto a Ceres, Haumea, Makemake y Eris. Y lo hemos aceptado. Sin más. No nos hemos parado a pensar: «Pero si toda la vida (al menos desde 1930) Plutón ha sido un planeta…».
También lo he dicho en repetidas ocasiones: no todo es como nosotros creemos que es. Pasa con la conocidísima pieza musical Adagio en sol menor, o Adagio de Albinoni. A pesar de que es general la creencia de que es una obra original del compositor barroco Tomaso Albinoni, realmente fue compuesta por el musicólogo italiano Remo Giazotto en 1945. Hay algunos que incluso esgrimen con terquedad: «Siempre ha sido de Albinoni y siempre lo será», pero lo cierto es que nunca lo ha sido y nunca lo será. Lo que no le resta mérito a esta hermosa pieza, por supuesto, como también es fabuloso el archiconocido Adagio para cuerdas de Samuel Barber, compuesto a finales de los años 30 del pasado siglo.
Hay más: el delicioso librito Pequeña crónica de Anna Magdalena Bach siempre se creyó escrito por la segunda mujer de Johann Sebastian Bach, pero en realidad su autora, Esther Meynell, lo publicó de forma anónima en 1925. Al final, y debido al éxito, tuvo que confesar la autoría. Y es posible que el poema Espejo de paciencia, compuesto por Silvestre de Balboa (¿?) corra esa misma suerte. Algún día lo sabremos.
Espero que este, quien escribe, esté para contarlo. Y ustedes para verlo. Mientras tanto, solo ellos, solo esos, los académicos de la RAE, estarán para decirnos (nos guste más o menos) cómo se escribe.
sábado, 12 de enero de 2013
viernes, 4 de enero de 2013
Cómo sobrevivir a 2013
Ahora que ya llevamos unos días del nuevo año, ahora que es posible que hayamos incumplido los dos o tres primeros propósitos que nos habíamos planteado en Nochevieja, es momento de hacer balance sobre este 2013 que empieza a florecer en los campos gélidos de este enero luminoso. Y perdón por la metáfora.
Durante este 2013 me he propuesto seguir siendo un ignorante en economía. Y espero que, al llegar el próximo diciembre, siga sabiendo lo mismo sobre mercados, balances y primas de riesgo. O sea, nada. O poco. Como mucho, la alegría o la tristeza de ver bajar o subir las tres cifras de nuestra prima, atisbando que, si esto fuera una clasificación deportiva, nuestra prima estaría en Preferente, la de Francia jugando la Champions interestelar y la de Grecia dándole patadas a las piedras en campos abandonados de las afueras de la polis. Tampoco es plan de comprarme algún libro tipo Economía para Dummies y lucirlo por la calle (prefiero ir leyendo por los parques el recomendable y voluminoso ensayo musical Escucha esto, del crítico Alex Ross). Seguiré siendo, lo prometo, un no iniciado en economía. Sé lo básico: que vivimos en un enorme laberinto formado por fichas de dominó y que, cuando a los cuatro o cinco tipos que manejan los hilos les venga en gana, empezará todo a derrumbarse. Y en ese momento ya no habrá vuelta atrás. Y sé, o creo saber, lo peor de todo esto: que siempre ha sido así, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mapa geopolítico del mundo se decidió tras una buena cena y antes de un copioso desayuno. Es lo que tiene ser de letras puras y haber aprobado mi examen de integrales de 2º de BUP sin subir la escalera que conducía a la clase.
Mi propósito de año nuevo quizá se parezca al suyo: voy a aprender inglés. Para ello estoy poniendo todo lo que se puede y más de mi parte. Además de la academia y de algunas clases extra de conversación con nativos, me he apuntado a una plataforma educativa llamada Coursera. En ella, distintas universidades internacionales ofertan cursos en línea sobre los más variados temas. En marzo empiezo uno sobre escritura de canciones. En inglés, por supuesto. También se puede aprender (lengua inglesa, además de otras materias) utilizando la plataforma TED, que nos ofrece miles de conferencias de todos los géneros y para todos los gustos. Y leyendo, por supuesto. Leyendo mucho. Ahora estoy con The elements of the style (si algún alma caritativa la tiene traducida al español y me la presta, aquí dejo mi agradecimiento eterno), de Strunk y White, un librito que todo escritor o aspirante a escritor debería leer, releer, subrayar y estudiar. Lo que me lleva a mi tercer propósito de año nuevo que espero cumplir.
Voy a escribir más. Tras publicar recientemente mi novela El asesino del pentagrama, me hallo inmerso ahora en la documentación para mi próximo libro. Es importante esa fase de investigación, no para que una obra se convierta en un compendio de sabiduría (para eso está la enciclopedia o San Google), sino para que nada le chirríe al lector experto o a aquel que, aun no siéndolo, acude a Internet para ver si puede poner a prueba al autor. Escribir novela es difícil. La gente piensa que, una buena mañana, después del café y las tostadas, enciende el ordenador, abre el Word y toda esa sabiduría que atesora empieza a formar una historia, los personajes adquieren voz y presencia, los párrafos se forman solos, los puntos se colocan en su sitio… No es así, por supuesto. Primero hay que leer, y leer mucho. Leer de todo. Después hay que escribir, reescribir, borrar, corregir y desechar muchísimas veces. Tampoco viene mal apuntarse a un curso de escritura creativa porque, para qué engañarnos, aunque nuestro grupo privado de aduladores nos llene continuamente los oídos de bondades acerca de nuestras metáforas enrevesadas o sobre nuestra maestría en el manejo del diccionario de sinónimos, todo es mejorable. Es más, conformarse con el halago fácil es lo último que hay que hacer.
Lo más difícil de todo esto es encontrar una voz propia. Estamos acostumbrados, casi anestesiados más bien, a leer textos que suenan a otros autores; a Juanjo Millás, a Ángeles Caso, a Héctor Abad Faciolince, a Pérez-Reverte, por citar solo a algunos de los mejores articulistas del panorama actual en español. Como todo, no hay nada como el original. Y en el momento de ponerte a escribir un relato o una novela, toca dejar de leer. O al menos de leer prosa de ficción. Tengo una máxima: cuando escribo ficción, leo poesía o ensayo.
Pretendo sobrevivir de esta manera al nuevo año. Leyendo y escribiendo, maravillándome a cada paso de todo cuanto me rodea, viendo el lado bueno (aunque a veces resulte casi imposible), descubriendo nuevos mundos (aunque estén dentro de este, como decía Paul Éluard), enseñando lo poco que sé y tratando de sacar de mis alumnos todo el potencial que mantienen oculto, aprendiendo algo cada día. Procurando hacer realidad la frase de Giuseppe Verdi: «Copiar la verdad puede ser algo bueno, pero inventar la verdad es mejor, mucho mejor». Y en esas estamos.
Durante este 2013 me he propuesto seguir siendo un ignorante en economía. Y espero que, al llegar el próximo diciembre, siga sabiendo lo mismo sobre mercados, balances y primas de riesgo. O sea, nada. O poco. Como mucho, la alegría o la tristeza de ver bajar o subir las tres cifras de nuestra prima, atisbando que, si esto fuera una clasificación deportiva, nuestra prima estaría en Preferente, la de Francia jugando la Champions interestelar y la de Grecia dándole patadas a las piedras en campos abandonados de las afueras de la polis. Tampoco es plan de comprarme algún libro tipo Economía para Dummies y lucirlo por la calle (prefiero ir leyendo por los parques el recomendable y voluminoso ensayo musical Escucha esto, del crítico Alex Ross). Seguiré siendo, lo prometo, un no iniciado en economía. Sé lo básico: que vivimos en un enorme laberinto formado por fichas de dominó y que, cuando a los cuatro o cinco tipos que manejan los hilos les venga en gana, empezará todo a derrumbarse. Y en ese momento ya no habrá vuelta atrás. Y sé, o creo saber, lo peor de todo esto: que siempre ha sido así, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mapa geopolítico del mundo se decidió tras una buena cena y antes de un copioso desayuno. Es lo que tiene ser de letras puras y haber aprobado mi examen de integrales de 2º de BUP sin subir la escalera que conducía a la clase.
Mi propósito de año nuevo quizá se parezca al suyo: voy a aprender inglés. Para ello estoy poniendo todo lo que se puede y más de mi parte. Además de la academia y de algunas clases extra de conversación con nativos, me he apuntado a una plataforma educativa llamada Coursera. En ella, distintas universidades internacionales ofertan cursos en línea sobre los más variados temas. En marzo empiezo uno sobre escritura de canciones. En inglés, por supuesto. También se puede aprender (lengua inglesa, además de otras materias) utilizando la plataforma TED, que nos ofrece miles de conferencias de todos los géneros y para todos los gustos. Y leyendo, por supuesto. Leyendo mucho. Ahora estoy con The elements of the style (si algún alma caritativa la tiene traducida al español y me la presta, aquí dejo mi agradecimiento eterno), de Strunk y White, un librito que todo escritor o aspirante a escritor debería leer, releer, subrayar y estudiar. Lo que me lleva a mi tercer propósito de año nuevo que espero cumplir.
Voy a escribir más. Tras publicar recientemente mi novela El asesino del pentagrama, me hallo inmerso ahora en la documentación para mi próximo libro. Es importante esa fase de investigación, no para que una obra se convierta en un compendio de sabiduría (para eso está la enciclopedia o San Google), sino para que nada le chirríe al lector experto o a aquel que, aun no siéndolo, acude a Internet para ver si puede poner a prueba al autor. Escribir novela es difícil. La gente piensa que, una buena mañana, después del café y las tostadas, enciende el ordenador, abre el Word y toda esa sabiduría que atesora empieza a formar una historia, los personajes adquieren voz y presencia, los párrafos se forman solos, los puntos se colocan en su sitio… No es así, por supuesto. Primero hay que leer, y leer mucho. Leer de todo. Después hay que escribir, reescribir, borrar, corregir y desechar muchísimas veces. Tampoco viene mal apuntarse a un curso de escritura creativa porque, para qué engañarnos, aunque nuestro grupo privado de aduladores nos llene continuamente los oídos de bondades acerca de nuestras metáforas enrevesadas o sobre nuestra maestría en el manejo del diccionario de sinónimos, todo es mejorable. Es más, conformarse con el halago fácil es lo último que hay que hacer.
Lo más difícil de todo esto es encontrar una voz propia. Estamos acostumbrados, casi anestesiados más bien, a leer textos que suenan a otros autores; a Juanjo Millás, a Ángeles Caso, a Héctor Abad Faciolince, a Pérez-Reverte, por citar solo a algunos de los mejores articulistas del panorama actual en español. Como todo, no hay nada como el original. Y en el momento de ponerte a escribir un relato o una novela, toca dejar de leer. O al menos de leer prosa de ficción. Tengo una máxima: cuando escribo ficción, leo poesía o ensayo.
Pretendo sobrevivir de esta manera al nuevo año. Leyendo y escribiendo, maravillándome a cada paso de todo cuanto me rodea, viendo el lado bueno (aunque a veces resulte casi imposible), descubriendo nuevos mundos (aunque estén dentro de este, como decía Paul Éluard), enseñando lo poco que sé y tratando de sacar de mis alumnos todo el potencial que mantienen oculto, aprendiendo algo cada día. Procurando hacer realidad la frase de Giuseppe Verdi: «Copiar la verdad puede ser algo bueno, pero inventar la verdad es mejor, mucho mejor». Y en esas estamos.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
La imagen de 2012
Se acaba el año. Por estas fechas siempre acostumbro (acostumbramos, creo yo) a hacer balance del año que se nos marcha de los dedos. El año pasado incluí en ese resumen un vídeo con cincuenta fotografías del amanecer desde mi ventana, despuntando el alba detrás de la iglesia parroquial de San Pedro, en Novelda.
Este año no he podido hacer tantas fotografías como para elegir cincuenta. (¿Intuía con ello la importancia que iba a tener ese número para los amantes de la literatura...?) De hecho, no creo ni que llegue a una decena de instantáneas. El motivo es que entro a trabajar una hora antes y tengo que levantarme, por lo tanto, una hora antes. Me amanece en la autovía o, a veces, cuando ya estoy en el colegio. Y como casi siempre me olvido de levantar las persianas de la clase, cuando termino las dos horas de Bachillerato y subo para continuar con los muchachos de la ESO ya hace tiempo que el sol está arriba. Ya no puedo compartir en Twitter y Facebook esas hermosas fotografías (algunas personas, incluso, me lo recriminan por la calle), pero el amanecer sigue ahí y cualquiera de ustedes puede disfrutarlo. Los mayas no acertaron con su predicción, así que ahora, creo que más que nunca, tenemos que hacer nuestra la vieja y conocida máxima del carpe diem. Porque el mundo no se habrá acabado, pero hay algunos que están empeñados en acabar con nosotros.
Para mí, la imagen de este 2012 que termina es la del austriaco Felix Baumgartner saltando desde la estratosfera el pasado 14 de octubre.
Es la imagen, el hecho histórico y el logro personal que borra todo lo demás: las matanzas en Siria, los desahucios y los suicidios, el hambre en el Sahel, las estafas con las participaciones preferentes, los directivos bancarios yéndose de rositas (una vez más), la brutalidad policial, el paro, la corrupción política, la corrupción como estructura integrada en y asumida por el Estado, etc.
La hazaña de este austriaco de cuarenta y tres años, que yo seguí emocionado y expectante en casa de mi novia, me pareció, y todavía me sigue pareciendo a pesar de que su nombre no se haya incluido en la mayoría de listas de los personajes del año, una auténtica llamada de atención a toda la humanidad. Más que un salto, más que las ganas de batir varios récords mundiales y escribir con mayúsculas un capítulo en el libro del deporte de riesgo, la caída de Baumgartner es un mensaje lanzado al mundo: cualquier meta que nos pongamos es posible.
Y en estas fechas de propósitos personales es bueno recordar eso mismo: que, aunque todo se vea muy negro, a pesar de que dicen que el próximo 2013 será peor todavía, siempre queda un instante para la esperanza. No lo perdamos.
2013 está a la vuelta de la esquina. Queda menos de una semana.
Durante este año he publicado dos novelas (una en formato electrónico, La mirada del perro, y otra en papel, El asesino del pentagrama). El hecho de que lleve algún tiempo sin actualizar este blog es por ello: he estado algo liado con la corrección final de la novela, y ahora toca la promoción. Pueden seguir la evolución de esa última novela policíaca en un blog que creé sobre ella.
Este año también se ha publicado el espectacular libro de empresa de Carmencita, libro en el que he tenido el placer y el honor de participar. Ver mi nombre escrito junto al de Juan Cruz, María Dueñas, Ferran Adrià, Manolo Blahnik, Vicente del Bosque o Quique Dacosta es más que un lujo. La parte en la que participé era la dedicada a los protagonistas de la empresa, los trabajadores, retratados magistralmente por el fotógrafo Vicente Albero, en cuya página web se puede ver el trabajo.
Un año también que ha servido para ver cómo el cortometraje del amigo Emilio Vicedo obtenía el Primer Premio en el Festival Internacional Cinemobile de Sevilla y era seleccionado para el Certamen Cortos de Aquí de Elda. La música que compuse e interpreté para Sed de aire se puede escuchar en mi página web personal; el cortometraje se puede ver en mi página Facebook. Os lo recomiendo.
Son varios los proyectos que tengo para el próximo 2013, así que, si tuviera que hacer algún propósito, cosa que no suelo hacer, sería ese: tener la constancia para llevarlos a cabo.
Muchos de ellos están finalizados y verán la luz en futuros meses; otros aguardan en mi cabeza el tiempo y el momento de ponerlos en práctica.
Y si tuviera que pedir un deseo para este 2013 que está a punto de empezar sería algo parecido: que ustedes, que tú, que ahora has tenido la voluntad de seguirme hasta aquí, tengas la constancia y la fuerza de poner en práctica y ver cumplido todo aquello que te propongas. Suerte con todo. Y ya sabes, siempre que pueda ayudar, aquí me tienes.
Este año no he podido hacer tantas fotografías como para elegir cincuenta. (¿Intuía con ello la importancia que iba a tener ese número para los amantes de la literatura...?) De hecho, no creo ni que llegue a una decena de instantáneas. El motivo es que entro a trabajar una hora antes y tengo que levantarme, por lo tanto, una hora antes. Me amanece en la autovía o, a veces, cuando ya estoy en el colegio. Y como casi siempre me olvido de levantar las persianas de la clase, cuando termino las dos horas de Bachillerato y subo para continuar con los muchachos de la ESO ya hace tiempo que el sol está arriba. Ya no puedo compartir en Twitter y Facebook esas hermosas fotografías (algunas personas, incluso, me lo recriminan por la calle), pero el amanecer sigue ahí y cualquiera de ustedes puede disfrutarlo. Los mayas no acertaron con su predicción, así que ahora, creo que más que nunca, tenemos que hacer nuestra la vieja y conocida máxima del carpe diem. Porque el mundo no se habrá acabado, pero hay algunos que están empeñados en acabar con nosotros.
Para mí, la imagen de este 2012 que termina es la del austriaco Felix Baumgartner saltando desde la estratosfera el pasado 14 de octubre.
Es la imagen, el hecho histórico y el logro personal que borra todo lo demás: las matanzas en Siria, los desahucios y los suicidios, el hambre en el Sahel, las estafas con las participaciones preferentes, los directivos bancarios yéndose de rositas (una vez más), la brutalidad policial, el paro, la corrupción política, la corrupción como estructura integrada en y asumida por el Estado, etc.
La hazaña de este austriaco de cuarenta y tres años, que yo seguí emocionado y expectante en casa de mi novia, me pareció, y todavía me sigue pareciendo a pesar de que su nombre no se haya incluido en la mayoría de listas de los personajes del año, una auténtica llamada de atención a toda la humanidad. Más que un salto, más que las ganas de batir varios récords mundiales y escribir con mayúsculas un capítulo en el libro del deporte de riesgo, la caída de Baumgartner es un mensaje lanzado al mundo: cualquier meta que nos pongamos es posible.
Y en estas fechas de propósitos personales es bueno recordar eso mismo: que, aunque todo se vea muy negro, a pesar de que dicen que el próximo 2013 será peor todavía, siempre queda un instante para la esperanza. No lo perdamos.
2013 está a la vuelta de la esquina. Queda menos de una semana.
Durante este año he publicado dos novelas (una en formato electrónico, La mirada del perro, y otra en papel, El asesino del pentagrama). El hecho de que lleve algún tiempo sin actualizar este blog es por ello: he estado algo liado con la corrección final de la novela, y ahora toca la promoción. Pueden seguir la evolución de esa última novela policíaca en un blog que creé sobre ella.
Este año también se ha publicado el espectacular libro de empresa de Carmencita, libro en el que he tenido el placer y el honor de participar. Ver mi nombre escrito junto al de Juan Cruz, María Dueñas, Ferran Adrià, Manolo Blahnik, Vicente del Bosque o Quique Dacosta es más que un lujo. La parte en la que participé era la dedicada a los protagonistas de la empresa, los trabajadores, retratados magistralmente por el fotógrafo Vicente Albero, en cuya página web se puede ver el trabajo.
Un año también que ha servido para ver cómo el cortometraje del amigo Emilio Vicedo obtenía el Primer Premio en el Festival Internacional Cinemobile de Sevilla y era seleccionado para el Certamen Cortos de Aquí de Elda. La música que compuse e interpreté para Sed de aire se puede escuchar en mi página web personal; el cortometraje se puede ver en mi página Facebook. Os lo recomiendo.
Son varios los proyectos que tengo para el próximo 2013, así que, si tuviera que hacer algún propósito, cosa que no suelo hacer, sería ese: tener la constancia para llevarlos a cabo.
Muchos de ellos están finalizados y verán la luz en futuros meses; otros aguardan en mi cabeza el tiempo y el momento de ponerlos en práctica.
Y si tuviera que pedir un deseo para este 2013 que está a punto de empezar sería algo parecido: que ustedes, que tú, que ahora has tenido la voluntad de seguirme hasta aquí, tengas la constancia y la fuerza de poner en práctica y ver cumplido todo aquello que te propongas. Suerte con todo. Y ya sabes, siempre que pueda ayudar, aquí me tienes.
domingo, 18 de noviembre de 2012
De chiripa, la serendipia
Apareció en prensa hace unas semanas: a principio de mes, la RAE celebró en Cádiz un pleno extraordinario, al cierre del cual se sucedieron las habituales discusiones acerca de palabras que debieran o no figurar dentro del diccionario.
Incluso, los de mi generación podemos decir con sentido del humor que 'tenemos Homer Simpson', recordando ese capítulo en el que Homer encuentra por pura chiripa el botón que detiene la fusión del núcleo, algo que (enorme responsabilidad de las exigencias del guión) solo puede hacer él desde su habitáculo del sector 7-G.
La repercusión en la serie de dibujos animados de esa casualidad, y gracias al empleo generalizado (hasta Magic Johnson la usaba, si lo recuerdan), hizo que Homer Simpson entrara en el diccionario. Pero me da a mí que la serendipia no aparecerá en el DRAE.
Una de esas discusiones giró en torno a la palabra serendipia, que nosotros tomamos del inglés serendipity, neologismo acuñado por el escritor británico Howard Walpole en 1754 para referirse a un 'hallazgo casual' y que, al parecer, él tomó de un cuento persa titulado Los tres príncipes de Serendip (nombre árabe de la isla de Ceilán, actual Sri Lanka) en el que los protagonistas solucionan sus problemas mediante sorprendentes casualidades.
El término serendipity se relacionó en un primer momento con los descubrimientos científicos, pero fue cayendo en desuso hasta 2001, cuando el éxito de la película Serendipity, protagonizada por John Cusack y Kate Beckinsale (actriz, por cierto, que hizo el papel principal en esa pésima adaptación de la genial novela La tabla de Flandes, escrita por el académico Pérez-Reverte). Aquí les dejo el tráiler de la película.
El guión de Serendipity corrió a cargo de Mark Klein, del que poco o nada se sabe en Hollywood desde hace tiempo, y la película fue dirigida por Peter Chelsom, cuyo último trabajo fue, en 2009, Hannah Montana: la película (en 2004 dirigió ¿Bailamos?, con Jennifer López y Richard Gere).
El guión de Serendipity corrió a cargo de Mark Klein, del que poco o nada se sabe en Hollywood desde hace tiempo, y la película fue dirigida por Peter Chelsom, cuyo último trabajo fue, en 2009, Hannah Montana: la película (en 2004 dirigió ¿Bailamos?, con Jennifer López y Richard Gere).
Viendo el nivel, no parece desafortunado decir que la película Serendipity tuvo un éxito provocado por la propia serendipia a la que aludían (al final, una suerte de destino, para el que crea en él).
Pero, ¿realmente decimos serendipia en español? Venga, levanten la mano, sin miedo... Veo pocos.
Pero, ¿realmente decimos serendipia en español? Venga, levanten la mano, sin miedo... Veo pocos.
Hace unos años, posiblemente tantos como hace que se estrenó esa película, una conocida me habló de la susodicha palabra, que ella había conocido (dicho sea de paso) gracias a esa película romántica que, como todas las películas románticas, tuvo una vida efímera en el recuerdo de los espectadores. Todo un éxito en taquilla, desde luego. Así que todo el mundo empezaba a hablar de repente de serendipia; no obstante, cuando se difuminó pasados unos meses, un año a lo sumo, la película y la palabra cayeron en el olvido.
Por eso resulta curioso que la RAE se plantee su inclusión en el diccionario precisamente ahora. Dicen que tiene 'uso científico'. Echando un vistazo por Internet, se puede comprobar que ese supuesto uso científico se reduce a comentarios en blogs acerca de la supuesta serendipia en algunos descubrimientos (científicos o no); por ejemplo, el del post-it, el de la Ley de la Gravedad o el de la penicilina. Y en todas esas páginas se nombra la película.
Por eso resulta curioso que la RAE se plantee su inclusión en el diccionario precisamente ahora. Dicen que tiene 'uso científico'. Echando un vistazo por Internet, se puede comprobar que ese supuesto uso científico se reduce a comentarios en blogs acerca de la supuesta serendipia en algunos descubrimientos (científicos o no); por ejemplo, el del post-it, el de la Ley de la Gravedad o el de la penicilina. Y en todas esas páginas se nombra la película.
Sin embargo, buceando más por Internet, he llegado a una web en la que aparece una definición de serendipia:
1: Descubrimiento o hallazgo por accidente e intuición, de cosas por las que uno no se preguntaba.
*Sinónimos: serendipidad, chiripa, suerte.
*Hiperónimos: hallazgo, descubrimiento, encuentro, invención.
2: Descubrimiento o hallazgo por accidente mientras se investiga algo diferente.Con total seguridad, todos preferimos referirnos a esta clase de hallazgos como suerte, chiripa, carambola (estas dos últimas palabras comparten la etimología en el juego del billar), potra, chorra..., todos ellos vocablos aceptados por la RAE y ampliamente utilizados en todas las zonas del español, si bien con distintos usos (los he escrito de menos a más coloquial).
Incluso, los de mi generación podemos decir con sentido del humor que 'tenemos Homer Simpson', recordando ese capítulo en el que Homer encuentra por pura chiripa el botón que detiene la fusión del núcleo, algo que (enorme responsabilidad de las exigencias del guión) solo puede hacer él desde su habitáculo del sector 7-G.
La repercusión en la serie de dibujos animados de esa casualidad, y gracias al empleo generalizado (hasta Magic Johnson la usaba, si lo recuerdan), hizo que Homer Simpson entrara en el diccionario. Pero me da a mí que la serendipia no aparecerá en el DRAE.
miércoles, 17 de octubre de 2012
De cabeza con los estadounidismos
El pasado 15 de octubre nos despertábamos con una curiosa noticia que hizo saltar algunas alarmas.
Como siempre sucede cuando se trata de la lengua, todos se lanzan a opinar sin escuchar a los que realmente saben: los lingüistas, los profesores de Lengua, los filólogos.
El problema, como muchas veces he señalado en artículos o en comentarios soltados aquí o allá, es que todos somos usuarios de una lengua y, por lo tanto, nos creemos conocedores de sus entresijos por el simple hecho de que llevemos hablándola toda la vida. Otro tanto sucede con las diversas faltas de ortografía que nos rodean y con las que convivimos a diario: mayúsculas sin tildar, carteles en los que impunemente se escribe garage*... La gente lo ve y piensa que es la forma correcta. Y, claro, es muy difícil corregir un error o explicar cualquier tema lingüístico cuando la otra persona se cierra en banda y dice: «Lo he visto escrito así miles de veces, siempre lo he dicho de esa manera».
Muchas explicaciones me ha tocado dar en ese sentido en clase, muchas discusiones me he ganado con conocidos y amigos, intentando rebatir la idea de que no todo lo que se escribe (aunque sea en los medios de comunicación) está bien escrito y que, al igual que los médicos saben de medicina, los químicos de química o los biólogos de biología, los filólogos sabemos de lengua.
Por eso, más que la noticia en sí (la inclusión en el próximo diccionario impreso de la RAE, en 2014, de una decena de palabras acuñadas en Estados Unidos), lo peor ha sido el alboroto que se ha creado en torno a esa noticia.
Enlazado con mi anterior entrada en este blog, volvemos a sentir, aunque lo neguemos, miedo al otro. Y eso a pesar de que el otro habla nuestro mismo idioma. No olvidemos, como dice la noticia, que en EE.UU. viven unos cincuenta y cinco millones de hablantes de español, más que los que vivimos en España. Aunque nuestra lengua común partiera de nuestro país, es lengua materna en muchísimos países. No son hablantes de segunda categoría. De ese modo, si una palabra surge en cualquiera de esos países, la Academia correspondiente la propone para su inclusión en el diccionario. Eso, obviamente, no nos afecta a los que vivimos en España, que seguiremos hablando como hablamos y escribiendo como escribimos. ¿Qué me cambia a mí que la RAE acepte rentar con el significado de alquilar (claro calco del inglés) si yo puedo seguir diciendo alquilar? ¿Que ahora la RAE reconoce que, en ciertas zonas del español, van se refiere a una caravana? Pues estupendo. No es más que el reconocimiento de la riqueza lingüística del español. No supone un atentado histórico contra nuestras raíces. No estamos borrando las huellas de la lengua de Cervantes.
Las lenguas son entes vivos que evolucionan, que entran en contacto con otras lenguas, enriqueciendo el vocabulario. Eso siempre ha sido así. Al igual que sucedió con la palabra matrimonio (de lo cual ya hablé en una entrada publicada en junio de este año), donde la RAE aportó un nuevo significado, aquí sucede lo mismo, pero con la diferencia de que los nuevos significados o los nuevos vocablos proceden de otro país. ¿Entendemos que, aunque la lengua se llame español, se habla en otros países? Esos países pueden hacer propuestas. De hecho, en el DRAE que se puede consultar por Internet o en las ediciones impresas, ya aparecen numerosas palabras con significados referidos a ciertos lugares: en cursiva aparece el país y, después, el significado que allí tieneí. Es válido decirlo, pero nosotros, en el español peninsular, nunca lo diremos. Lo mismo sucede con la decena de palabras que aparecerán en la vigésimo tercera edición del DRAE.
Algunas nos resultarán más raras que otras (por ejemplo, pienso que email ya está plenamente extendido como sinónimo de correo electrónico), pero supongo que las palabras que más han levantado espinas han sido billón y trillón.
Como saben los que se dedican a la traducción español-inglés o viceversa, nuestro billón es diferente al bilion inglés. Si nosotros lo usamos con el sentido de 'millón de millones, una unidad seguida de doce ceros', tomado del francés, para el mundo anglosajón significa 'mil millones'. ¿Qué pasará ahora? Muy sencillo: la RAE pondrá el significado primitivo como primera acepción y añadirá una segunda acepción indicando, en cursiva, que esa palabra se emplea con ese otro significado en EE.UU. Y nada más.
Lo mismo para trillón: si para nosotros significa 'un billón de millones, una unidad seguida de 18 ceros', ahora se añadirá una segunda acepción que contenga 'mil billones en ciertas zonas del español'.
Ellos lo han calcado del inglés americano, lo mismo que nosotros lo calcamos del francés en su día. Como he dicho antes, las lenguas son entes vivos que están en plena evolución y constante cambio. Y esos cambios son posibles, entre otros aspectos, por contacto entre lenguas vecinas.
Entonces, ¿a partir de 2014, millardo y billón son sinónimos? Solo sobre el papel, porque no olvidemos que en EE.UU. 1.000.000.000 es un billón y, para nosotros, en España, esa misma cifra es un millardo. Aunque, seamos sinceros, ¿alguien dice millardo? Esa voz, por cierto, también viene del francés.
Como siempre sucede cuando se trata de la lengua, todos se lanzan a opinar sin escuchar a los que realmente saben: los lingüistas, los profesores de Lengua, los filólogos.
El problema, como muchas veces he señalado en artículos o en comentarios soltados aquí o allá, es que todos somos usuarios de una lengua y, por lo tanto, nos creemos conocedores de sus entresijos por el simple hecho de que llevemos hablándola toda la vida. Otro tanto sucede con las diversas faltas de ortografía que nos rodean y con las que convivimos a diario: mayúsculas sin tildar, carteles en los que impunemente se escribe garage*... La gente lo ve y piensa que es la forma correcta. Y, claro, es muy difícil corregir un error o explicar cualquier tema lingüístico cuando la otra persona se cierra en banda y dice: «Lo he visto escrito así miles de veces, siempre lo he dicho de esa manera».
Muchas explicaciones me ha tocado dar en ese sentido en clase, muchas discusiones me he ganado con conocidos y amigos, intentando rebatir la idea de que no todo lo que se escribe (aunque sea en los medios de comunicación) está bien escrito y que, al igual que los médicos saben de medicina, los químicos de química o los biólogos de biología, los filólogos sabemos de lengua.
Por eso, más que la noticia en sí (la inclusión en el próximo diccionario impreso de la RAE, en 2014, de una decena de palabras acuñadas en Estados Unidos), lo peor ha sido el alboroto que se ha creado en torno a esa noticia.
Enlazado con mi anterior entrada en este blog, volvemos a sentir, aunque lo neguemos, miedo al otro. Y eso a pesar de que el otro habla nuestro mismo idioma. No olvidemos, como dice la noticia, que en EE.UU. viven unos cincuenta y cinco millones de hablantes de español, más que los que vivimos en España. Aunque nuestra lengua común partiera de nuestro país, es lengua materna en muchísimos países. No son hablantes de segunda categoría. De ese modo, si una palabra surge en cualquiera de esos países, la Academia correspondiente la propone para su inclusión en el diccionario. Eso, obviamente, no nos afecta a los que vivimos en España, que seguiremos hablando como hablamos y escribiendo como escribimos. ¿Qué me cambia a mí que la RAE acepte rentar con el significado de alquilar (claro calco del inglés) si yo puedo seguir diciendo alquilar? ¿Que ahora la RAE reconoce que, en ciertas zonas del español, van se refiere a una caravana? Pues estupendo. No es más que el reconocimiento de la riqueza lingüística del español. No supone un atentado histórico contra nuestras raíces. No estamos borrando las huellas de la lengua de Cervantes.
Las lenguas son entes vivos que evolucionan, que entran en contacto con otras lenguas, enriqueciendo el vocabulario. Eso siempre ha sido así. Al igual que sucedió con la palabra matrimonio (de lo cual ya hablé en una entrada publicada en junio de este año), donde la RAE aportó un nuevo significado, aquí sucede lo mismo, pero con la diferencia de que los nuevos significados o los nuevos vocablos proceden de otro país. ¿Entendemos que, aunque la lengua se llame español, se habla en otros países? Esos países pueden hacer propuestas. De hecho, en el DRAE que se puede consultar por Internet o en las ediciones impresas, ya aparecen numerosas palabras con significados referidos a ciertos lugares: en cursiva aparece el país y, después, el significado que allí tieneí. Es válido decirlo, pero nosotros, en el español peninsular, nunca lo diremos. Lo mismo sucede con la decena de palabras que aparecerán en la vigésimo tercera edición del DRAE.
Algunas nos resultarán más raras que otras (por ejemplo, pienso que email ya está plenamente extendido como sinónimo de correo electrónico), pero supongo que las palabras que más han levantado espinas han sido billón y trillón.
Como saben los que se dedican a la traducción español-inglés o viceversa, nuestro billón es diferente al bilion inglés. Si nosotros lo usamos con el sentido de 'millón de millones, una unidad seguida de doce ceros', tomado del francés, para el mundo anglosajón significa 'mil millones'. ¿Qué pasará ahora? Muy sencillo: la RAE pondrá el significado primitivo como primera acepción y añadirá una segunda acepción indicando, en cursiva, que esa palabra se emplea con ese otro significado en EE.UU. Y nada más.
Lo mismo para trillón: si para nosotros significa 'un billón de millones, una unidad seguida de 18 ceros', ahora se añadirá una segunda acepción que contenga 'mil billones en ciertas zonas del español'.
Ellos lo han calcado del inglés americano, lo mismo que nosotros lo calcamos del francés en su día. Como he dicho antes, las lenguas son entes vivos que están en plena evolución y constante cambio. Y esos cambios son posibles, entre otros aspectos, por contacto entre lenguas vecinas.
Entonces, ¿a partir de 2014, millardo y billón son sinónimos? Solo sobre el papel, porque no olvidemos que en EE.UU. 1.000.000.000 es un billón y, para nosotros, en España, esa misma cifra es un millardo. Aunque, seamos sinceros, ¿alguien dice millardo? Esa voz, por cierto, también viene del francés.
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