sábado, 7 de julio de 2012

Aún queda camino por recorrer

Poco o nada une a Novelda como pueblo con las fiestas grandes de Pamplona. Salvo una pequeña calle en el barrio Sagrado Corazón, paralela al Paseo de los Molinos, pequeña, casi sin tráfico y silenciosa, dedicada a Fermín de Amiens.




Por el contrario, yo llevo celebrando los sanfermines toda mi vida. Nací un 7 de julio, a las 6:26 de la mañana, en la calle Emilio Castelar, en casa de mis abuelos, traído al mundo por el padre de mi madre, el doctor José Jordán. Cada 6 de julio veo el chupinazo, en casa o en algún bar almorzando, y cada San Fermín me levanto pronto para ver el primer encierro. Y así hasta que se entona el Pobre de mí. ¿Me pueden gustar los encierros sin que me gusten las corridas de toros? Por supuesto. Porque una cosa es la carrera, el enfrentamiento cuerpo a cuerpo con el animal, las distintas ganaderías y sus diferencias, la cuesta de Santo Domingo, el giro hacia la calle Estafeta y otra, totalmente opuesta, la barbarie (que algunos tratan de ver como arte) de marear a un ser indefenso durante media hora, clavándole espadas, alargando su cruel destino, hasta que muere asesinado entre los vítores de la plaza repleta. ¿Dónde está el arte? ¿Dónde la cultura? Les recomiendo que vean el documental Earthlings («Terrícolas»), o The Cove, o La pesadilla de Darwin. Porque todos somos seres vivos en un mismo planeta. Ninguna especie debería dominar a otra, subyugarla y maltratarla, y menos todavía por el simple hecho de la búsqueda del placer o, acabáramos, atendiendo a unas señas de identidad que, de ser así, a mí, por lo menos, no me representan.

Los puristas dirán que, gracias a las corridas de toros, el toro bravo sigue existiendo. Si es así, ¿a qué esperamos para montar corridas de linces ibéricos para que dejen de extinguirse? Nótese la ironía.



Solo una vez he estado en Pamplona; cuando tenía once años. Fue en 1994, durante un campamento veraniego que el Padre Dehon organizaba para sus alumnos en Puente la Reina (Navarra). Yincanas, deporte, noches sin dormir, trabajo en equipo, comida comunitaria, dormir al raso… Fue durante el verano del Mundial de EE.UU., cuando nuestra selección de fútbol no era lo que es actualmente. La tarde del 9 de julio, codazo de Tassotti a Luis Enrique incluido, ninguno estaba para demasiados amigos. Ha sido de las pocas veces que he celebrado mi cumpleaños lejos de mi tierra y de mi gente. Recuerdo que nos llevaron a ver una novillada de los sanfermines durante una excursión. Supongo que ahí nacería mi antipatía por la ¿fiesta? de los toros. También fuimos a ver, en Roncesvalles, la famosa piedra de Roldán, el héroe del poema épico francés, y me acuerdo de que, en un momento dado, alguien dijo: «y ahora estamos en Francia».

Mucho ha llovido desde entonces. Ahora cumplo veintinueve, veintitodos como digo yo, una cifra que me recordará todo este año que hoy empiezo que el año que viene cambiaré de decena. Como dice aquella canción de Alejandro Sanz y Paolo Vallesi, protagonista de mi verano del amor del 96: «soy un niño, a pesar de mis treinta cumplidos». Desde aquella tierna adolescencia, esa canción siempre ha estado muy presente. Es la metáfora musical del libro de James Matthew Barrie convertido en mito, en un mundo en el que cada vez somos más los que nos adherimos a la categoría de peterpanes. Porque, y siguen cantando Sanz y Vallesi, «siempre niño, que al mirarme al espejo entendí que lo importante es ser igual por dentro». Y nunca olvidaré el niño que fui, el que de alguna manera sigo siendo. Como cantaba Hiperión en la novela de Hölderlin: «en el niño haz paz; aún no se ha destrozado consigo mismo. Hay en él riqueza; no conoce su corazón la mezquindad de la vida. Es inmortal, pues nada sabe de la muerte».





Acompaño esta reflexión con una fotografía de la clase de 4º B del Padre Dehon, tutorizada por Raimundo Rizo Mira, en el curso 1992-1993. Todos esos niños han cumplido o cumplirán veintitodos durante este 2012. Todos cumpliremos veintinueve, incluso Joaquín Blas, que ya no está entre nosotros. Él también cumplirá 29 años.

Toda esa felicidad que despedíamos en la foto ha ido cambiando de destino. Antes nos reíamos de cualquier cosa, mirando a cualquier parte, yo sobre todo con los tebeos de Pepe Gotera y Otilio o los de Astérix y Obélix (o el genial libro El pirata Garrapata, ataque de risa incluido el día que me tocó leer en voz alta en clase). No teníamos teléfono móvil, ni Internet, ni videoconsola. Ni siquiera eso era ciencia ficción, porque tampoco nos interesaba el futuro más allá del próximo fin de semana. Preferíamos el recreo, el fútbol de las cinco y las tragaperras del Casino o los Lucky. En el patio volaban de mano en mano los cromos de la Liga (a pantalón o camiseta) y rodaban las peonzas (ahora se han vuelto a poner de moda; lo hacen cada cuatro o cinco años, luego desaparecen del mercado, hasta que el lobby internacional de las peonzas decide que hay que volver a sacarlas). Acabábamos de comulgar. Mi grupo lo hizo el 24 de mayo de 1992, año olímpico como este, de blanco inmaculado y cruz al cuello, ya hace de eso veinte años…

Y no seguiré por ahí, porque me estoy poniendo muy en plan «abuelo cebolleta».

Los treinta y cinco niños de la foto ya hemos crecido. Nos hemos hecho hombres. La vida nos está tratando mejor o peor, pero quiero pensar que aún guardamos dentro alguno de esos motivos que nos hacían sonreír aquel día. Y es que, por muy mal que lo estemos pasando, siempre hay un motivo para sonreír. Hace poco me encontré con una frase atribuida al escritor brasileño Paulo Co
elho: «un niño siempre puede enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo; a estar siempre ocupado con algo; y a exigir con todas sus fuerzas aquello que desea».


Hoy cumplo yo 29 años, pero no me olvido de aquellos que fueron mi clase. Los de siempre. Para que nunca nos falte una sonrisa en nuestra cara, para que siempre encontremos algo que hacer que nos llene (y, lo más importante, alguien que nos valore ese trabajo) y, por último,  para que intentemos cambiar o exigir el cambio de aquello que no nos gusta, de todas las injusticias con las que convivimos día a día. Luchemos con todas nuestras fuerzas, las mismas que teníamos cuando no levantábamos metro y medio del suelo.

Y en esas sigo. Intentando mejorar en todo, pero sobre todo intentando no cambiar esa felicidad y optimismo que se dibujaban en mi rostro. Mirando siempre al futuro, no olvidando el pasado pero sí aprendiendo de él, perdonando y agradeciendo. Así lo dice el Dhammapada de Gautama el Buda: «"Me maltrató, me golpeó, me derrotó, me robó". El odio de aquellos que almacenan tales pensamientos jamás se extingue. "Me maltrató, me golpeó, me derrotó, me robó". Quienes no albergan tales pensamientos se liberan del odio». Y culmina diciendo: «el odio nunca se extingue por el odio en este mundo; solamente se apaga a través del amor».

En este mundo de envidias y rencores, de odios que carcomen los adentros, vamos a iluminar nuestras vidas con la luz del amor. Contemplemos la Naturaleza y gocémonos en sus detalles. Ya escribí hace poco un artículo sobre la suerte de caminar por Alicante y sentir cómo nos invade el aroma del mar. Quedémonos a observar el anochecer, cómo va moteándose el cielo de estrellas; levantémonos pronto un día para ver amanecer. Escuchemos más música, leamos más filosofía, escribamos nuestros pensamientos, degustemos cada palabra de cada conversación con nuestros amigos. Demos ánimos a quien lo necesite, agradezcamos siempre con una sonrisa, perdonemos de corazón, ayudemos sin pedir nada a cambio. Esos podrían ser mis propósitos de año nuevo, en este año que hoy comienzo: seguir construyéndome como persona, porque aún tengo mucho camino por delante.


domingo, 1 de julio de 2012

Los reyes de Europa

Pocos minutos después del pitido final del partido Alemania-Italia, cuando la selección azzurra ya había eliminado a los germanos para citarse con España en la final de la Eurocopa, «Luis Enrique» era tendencia en la red social Twitter. Luis Enrique Martínez García, el dorsal 21 de la selección española aquella tarde del 9 de julio de 1994 durante el Mundial de EE.UU.


¿Recuerdan? Nos clasificamos para octavos después de dos empates y una victoria y a cuartos llegamos tras golear 3-0 a Suiza, en un equipo sin delanteros. Javier Clemente había inventado aquello del «falso nueve» que tantos quebraderos de cabeza nos da ahora... Y en cuartos nos tocó Italia. El partido estuvo más o menos reñido y se llegaba a los minutos finales con empate a uno. Pero, en el 87, y ya con 2-1 en el marcador, el árbitro no quiso ver el codazo de Tassotti a Luis Enrique dentro del área, lo que hubiera supuesto penalti y expulsión y, quién sabe, quizá forzar la prórroga. Antes de eso vino el fallo clamoroso de Julio Salinas solo ante el portero y el gol de Roberto Baggio regateando a Zubizarreta, pero la imagen para la historia fue la camiseta del jugador asturiano manchada de sangre y lágrimas. La sangre era toda suya, pero las lágrimas eran compartidas por todo un país. Yo tenía once años recién cumplidos. 


Comenzaba ahí el largo idilio de nuestra selección de fútbol con la mala suerte y las desgracias (la Eurocopa del 96, cayendo en cuartos y por penaltis; el gol en propia puerta de Zubizarreta ante Nigeria en el Mundial del 98; el penalti a las nubes que Raúl mandó en el último minuto, en la Euro de 2000, donde podríamos haber llegado a la prórroga contra Francia; las decisiones arbitrales del egipcio Al-Ghandour y su linier de Trinidad y Tobago en el Mundial de Corea y Japón en 2002; eliminados en primera ronda en la Eurocopa de Portugal 2004 y el repaso que nos dieron Zidane y los suyos en los octavos de final de Alemania 2006), hasta que, precisamente contra Italia, en aquella tanda de penaltis en la Eurocopa que celebraban Austria y Suiza en 2008, pudimos pasar de cuartos y luego ganar el trofeo.


Pero llevamos más de noventa años sin ganarle a Italia en partido oficial. Durante esta Eurocopa pudimos dejarla atrás, si hubiéramos pactado el empate a dos contra Croacia en el último partido de la fase de grupos. Nos pudo el orgullo patrio y las ansias de ganar, pero yo no me olvido de Luis Enrique... La vendetta no ha terminado, a pesar de que el propio jugador está cansado de que siempre se recurra a él cuando nos enfrentamos a los italianos. No importa.


Esta tarde le debemos una victoria a él, a Luis Enrique, a la historia, a la sangre derramada, al tabique nasal partido. Esta tarde hemos de ganarle a Italia en la final, y no por penaltis; ganarle bien, desplegando nuestro juego, para poner en equilibrio el mundo. Si es posible, 4-0 y en la primera parte, para no sufrir demasiado.


De la crisis ya hablaremos mañana. Esta noche toca volver a vaciar las calles para llevar en volandas a la Roja. Ya pudimos hace cuatro años, ya lo hicimos en Sudáfrica. La triple corona es posible. Esta noche volveremos a ser, aunque sea en fútbol, los reyes de Europa.

miércoles, 27 de junio de 2012

La RAE se actualiza

Hace unos días, la RAE dio a conocer un listado con algunas de las novedades que incluirá la nueva edición del diccionario, la vigésimo tercera, que se publicará en 2014, coincidiendo con el tercer centenario de la institución. Aquí lo tienen.

Entre esas casi 1.700 novedades los medios de comunicación destacaban la nueva acepción para matrimonio, al que a partir de ahora se define, también, como «unión de dos personas del mismo sexo, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales». Esto es, no se elimina ninguna acepción, sino que se propone una nueva.

De hecho, desde la página web de la Academia, ya se puede ver cómo quedará definida esa controvertida palabra, controvertida desde el momento en que el Partido Popular interpuso un recurso de inconstitucionalidad después de que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero permitiera el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005.


Mucho se ha hablado, escrito, debatido y discutido desde aquel recurso. El PP ha intentado hacer sangre con el hecho de que se llamara matrimonio, alegando que en la etimología (¡?) de la palabra no entraba tal despropósito. Este vago argumento es el que todavía se esgrime para criticar la nueva acepción del diccionario.

Pero lo cierto es que ni siquiera la etimología está clara, aunque parece que, lo más probable, la palabra provenga de matris («madre») y munium («cuidado»); esto es, «cuidado de la madre», dando por hecho que ha de ser la madre la que cuide al fruto del matrimonio, en un tiempo, ya plenamente superado, en el que para tener hijos había que estar (al menos, en principio) unido legalmente.

Desde mi punto de vista filológico, la etimología nos habla de cómo han evolucionado las palabras, nos explica la forma de escribirlas, nos cuenta a veces una historia o una anécdota sobre su formación o creación, pero no podemos vivir anclados en el significado ancestral de una palabra, impidiendo la evolución y adecuación de nuestra lengua a la forma de pensar y sentir actual. Pienso que la RAE ha hecho bien adecuando esa nueva acepción a la palabra matrimonio, porque, mal que le pese a algunos, vivimos en el siglo XXI y no por dejar de nombrar algo o denominándolo de otra forma terminaremos con ello. Hoy por hoy, los matrimonios homosexuales existen, es un hecho que la mayoría de la población acepta, comprende y respeta, más aún cuando son leyes que amplían derechos y libertades a conciudadanos nuestros sin menoscabar la libertad ni los derechos del resto.

Un punto a favor para la Real Academia. Enhorabuena.

Igualmente perfecta la inclusión de la palabra blog. Hasta ahora, tal y como expliqué en una entrada anterior, se reconocía tal palabra aunque remitiéndonos a bitácora. Eso fue en el Diccionario panhispánico de dudas. Hoy ya podemos escribir correctamente blog, que la RAE define como «sitio web que incluye, a modo de diario personal de su autor o autores, contenidos de su interés, actualizados con frecuencia y a menudo comentados por los lectores»; y nos podemos referir a las personas que crean o gestionan este tipo de páginas como blogueros.

Y es que la RAE tarda (a veces más o menos, con mayor o menor acierto y recibiendo más o menos críticas), pero siempre intenta actualizarse. Este es el caso de nuevas palabras que ya se reconocen y aparecerán en la nueva edición del diccionario, como sociata, pepero, gayumbos, SMS, canalillo, USB (y memoria USB), chat, culamen, tableta (con el significado de tableta electrónica), sudoku, okupa, etcétera.

Sin embargo, hay una palabra en concreto que no me acaba de convencer, no por la idoneidad o no en su inclusión, sino por la ortografía que la RAE ha propuesto. Se trata de friki, que la Academia define de esta manera:


La RAE ha preferido mantener en esta ocasión la -k- etimológica.

En otras palabras, quiosco por ejemplo, ha hecho lo contrario (ya lo expliqué en una entrada pasada que dediqué a la letra k), adecuando la ortografía. Y así, aunque en un primer momento (en 1884) la palabra kiosco apareció así, con k- inicial, en la siguiente edición, 1899, nos dirigía a quiosco.

Pero, ¿y la palabra okupa? ¿También lleva -k- intervocálica y ahí no hay problema? Son casos diferentes, y más aún cuando la misma RAE, en la explicación que precede a las acepciones, nos dice: «acortamiento de ocupante, con k, letra que refleja una voluntad de transgresión de las normas ortográficas».

No hay muchas palabras en nuestra lengua que contengan una -k- intervocálica. De hecho, únicamente me vienen a la cabeza cuatro: kiko (de origen incierto), karaoke (voz tomada del japonés) y esas dos que ahora la RAE introduce, okupa y friki. Y mucho me temo que esa -k- de friki no pretende transgredir ninguna norma ortográfica. ¿Por qué no escribir friqui? Es más, la Fundación del Español Urgente (Fundéu), asesorada por la Real Academia de la Lengua Española no lo olvidemos, ya respondió en noviembre de 2008 a una consulta sobre esa palabra. Y en esa ocasión dijo:
La RAE aún no ha incluido esa voz [friki/friqui] en el diccionario. La forma más aconsejable de escribirla es hispanizándola como friqui, y puede escribirse sin comillas ni cursiva, es decir, en redonda, como una palabra más de nuestra lengua.
Poco más que añadir, ¿verdad? La RAE aún está a tiempo de corregir. Espero que lo haga, más que nada para ser coherentes con la palabra quiosco, si es que alguien prefiere escribir friki por etimología y prefiere referirse al matrimonio solamente a la unión entre hombre y mujer usando la misma excusa. Ya he dicho antes que la etimología no debería ser un arma para combatir más allá de lo estrictamente lingüístico.

Para terminar, una curiosidad, que me llegó vía Twitter a través del usuario y amigo @ClimCulture sobre el posible uso de la palabra friqui en español:


Inmediatamente me explicó: «Provenía de una interpretación del inglés "free-climb"», que la verdad es que tiene una pronunciación muy cercana al original freaky y a nuestro friqui. ¡Impresionante!


Y ahora solo me queda una duda final: ¿la RAE hará caso de esta entrada tan friqui? ;-)

lunes, 18 de junio de 2012

El yogurlado no está maldito

Empieza el calor.

Bueno, realmente llevamos pasando calor varias semanas, pero es ahora, cuando las vacaciones están a la vuelta de la esquina, cuando los niños únicamente van a clase por las mañanas y las siestas se prolongan hasta que el sol comienza a descender, cuando mejor y más se disfruta. Piscinas a rebosar, la playa llena, puestos callejeros de helados, ferias y fiestas populares...

Y, desde hace un año o dos, la moda de las tiendas de yogur helado. Precisamente en mi Novelda natal han abierto una no hace mucho, Más Que Yogur, donde además de poder tomar cualquier producto de cafetería, se puede degustar riquísimo yogur helado sobre el que poner infinidad de toppings (chocolates diversos, gominolas, siropes, cereales...) hasta conseguir un resultado tan apetecible como este:



Pero después de quedar saciado, y todavía con el gusto frío y dulce en el paladar, me asalta la duda del filólogo. Defecto profesional, perdonen: a este tipo de establecimientos, ¿cómo deberíamos llamarlos? ¿Yogurterías? ¿Yogurerías? ¿Mejor una que otra? Veamos.

La RAE reconoce yogur abiertamente desde 1970, primera vez que esta palabra aparece en nuestro diccionario. Como se explica en la última edición, esta voz nos vino del francés yogourt que la tomó del turco yoğurt.



Entrada para yogur en el diccionario de 1970.

Es más, la Real Academia condena otras escrituras: el Diccionario Panhispánico de Dudas de 2005 nos advierte de que «deben evitarse las grafías yoghourt, yogourt, yoghurt y yogurt, poco acordes con el sistema gráfico español y que son las usadas en otras lenguas como el francés o el inglés».

Así, en este sentido ninguna duda: se dice y se escribe yogur. Por lo tanto, como derivado formado a partir de él, deberíamos decir yogurería, ¿no? Así se lo pregunté a la Fundéu y en esos mismos términos me respondieron: «El derivado adecuado acorde con la adaptación de las Academias sería yogurería, si bien es cierto que la más habitual es yogurtería».

Lógicamente, no siempre lo más habitual es lo más correcto. Y en cuestiones lingüísticas, no íbamos a ser menos.

Por lo tanto, tal y como suponía, es mejor decir y escribir yogurería, a pesar de que no estaría mal utilizar yogurtería. Aunque, ¿por qué el DRAE reconoce entonces yogurtera («aparato para elaborar yogures») y no prefiere yogurera? La primera mantiene la -t- etimológica y el grupo -rt-, «poco acordes con el sistema gráfico español», tal y como hemos leído antes.

Servidor, humildemente y desde el punto de vista filológico, prefiere, de un mismo lexema, construir todos los derivados. Y así tendríamos yogurera, yogurería y, aunque con sentido totalmente figurado, yogurín (esta voz ni siquiera la reconoce la RAE, a pesar de que es bastante común), todos siguiendo las reglas de creación de palabras en español.

Quizá en 2014, cuando la Real Academia edite la 23ª edición del Diccionario, conmemorando el tercer centenario de la institución, veamos muchos cambios e inclusiones, con la idea de que el DRAE vaya recogiendo la evolución y actualización de nuestra lengua. Aunque en este caso, a fin de cuentas, lo que importa es cómo esté el yogur helado (o, siguiendo también la norma de creación de acrónimos: yogurlado). Y donde yo lo tomo está impresionante.

Y no está maldito, como decían en un capítulo de Los Simpsons. Pasen buen día.


domingo, 10 de junio de 2012

¡Podemos! Y mañana también...


Hoy empieza la Eurocopa 2012 para España. Contra Italia. Casi nada. Los de mi generación recordamos a la selección azzurra por el codazo de Tassotti a Luis Enrique en el Mundial de EE.UU., aquel 9 de julio de 1994. Las lágrimas, la sangre sobre su camiseta blanca, la impotencia de ver que todo el mundo ha visto lo que ha pasado menos el árbitro. Todo un símbolo de la desgracia que se cernía sobre nuestra selección de fútbol: el gol en propia puerta de Zubizarreta contra Nigeria en Francia 98, aquel robo en cuartos de final contra Corea del Sur en el Mundial 2002, con un trío arbitral de Egipto, Trinidad y Tobago y Uganda, el repaso que nos dieron Zidane y los suyos en Alemania 2006...

Por fortuna, los más jóvenes (y todos los demás, claro está) recuerdan a Italia por los dos penaltis que paró Casillas en otra Eurocopa, la de 2008 en Austria-Suiza, la que nos hizo pasar por encima de la maldición de cuartos. Luego vino Rusia, el aperitivo perfecto ante la lección de fútbol que dieron los nuestros contra Alemania en la final. De nuevo las paradas de Casillas, la magia de Xavi e Iniesta, la fuerza de toda una selección. El empuje de todo un país acompañando el gol de Torres.

Hoy empieza su andadura España. Y esperemos que lleguen lo más lejos posible, que lleguen a la final y que la ganen, pero que no haga falta una prórroga como contra Holanda en el Mundial de Sudáfrica, que sea por cinco a cero y en la primera parte. Para no sufrir demasiado. Porque no estamos para muchos sustos. Está claro que así no se acabará la crisis. Ni se acabó ganando la Eurocopa ni se acabó ganando el Mundial. Ni siquiera se ha acabado con todas las victorias de Rafa Nadal en Roland Garros y de la selección española de baloncesto. No mezclemos deporte con política. No aprovechemos los triunfos de una selección deportiva o de un deportista individual para ondear la bandera de que somos el mejor país del mundo; no les demos a los Gasol, Llorente, Fernando Alonso, Jorge Lorenzo o Negredo la responsabilidad de sacar de la crisis a todo un país. Porque esa no es su tarea. Ellos tienen otra: meterse en el terreno de juego y hacer lo mejor posible su trabajo, contagiarnos esa alegría cuando el balón traspasa la línea de gol, la amargura de la caída tras el fallo, la emoción de la pelota volando hacia la canasta, la red vibrando decidiendo si el punto cae de un lado o del otro.

Ese es el trabajo del deportista. Y los responsables de sacarnos de la crisis no se vestirán de corto esta tarde. Es posible que estén en tribuna, invitados de honor, o en sus enormes y mullidos sillones de los palacios presidenciales de Alemania, España, Italia o Francia. Esperando que el triunfo de su selección amortigüe la dureza de la crisis, de los recortes, de las reformas, de las medidas de saneamiento de la banca, sabiendo que la ciudadanía también necesita de estas alegrías deportivas. Y las necesitamos, por supuesto. Pero el lunes volverá a ser lunes y la Bolsa seguirá dándonos sustos y la prima de riesgo seguirá oscilando a su antojo (o al antojo de unos cuantos) y el director del banco de turno se irá y se embolsará otra millonada, poniendo siempre sus intereses por delante del beneficio general.

Esta tarde eso no pasará. La gran mayoría de los españoles remaremos en la misma dirección, apoyaremos a esos once tíos que se dejarán la piel sobre el terreno de juego, nos quejaremos de los cambios, gritaremos aquello de «pero cómo has podido fallar eso, chaval», nos abrazaremos al de al lado con un gol de los nuestros. Y si es el cuatro a cero ante Italia, mejor que mejor. Todos remando en la misma dirección. Todos mirando por el bien de nuestra selección. Creyendo en ellos.

¿No podríamos hacer eso también el lunes por la mañana? ¿No podríamos dejar atrás el ego y la codicia y aprovechar todas nuestras energías para salir de esta crisis que ya se nos enquista sin que siempre parezca que se benefician los mismos? ¿No podríamos hacerlo? Pienso que sí. Y ahí no nos pueden ayudar demasiado los veintitrés de Vicente del Bosque.