jueves, 16 de diciembre de 2010

Desayuno con diamantes

Ha muerto Blake Edwards, el director de la mítica película Desayuno con diamantes, responsable igualmente de otros grandes títulos del séptimo arte, como Días de vino y rosas, La pantera rosa, 10 La mujer perfecta o El guateque.

Tenía ochenta y ocho años. Era responsable de unas cuarenta películas pero, para mí, siempre será el genio que le dio voz y cuerpo a la Holly Golightly que había dibujado Truman Capote en su novela.

A pesar de que en un primer momento se pensó en Marilyn Monroe para el papel principal, fue finalmente Audrey Hepburn la que encarnó a esa voluble joven, de espíritu muy distinto al de la novela, demasiado light a mí parecer, pero que deja su impronta a cada paso que da por las calles de Nueva York de aquellos años sesenta del pasado siglo.

La película, además, tuvo la mala suerte de acudir a los Óscar de 1961 (el mismo año que Plácido, de Luis García Berlanga) compitiendo con West side story o ¿Vencedores o vencidos? La misma mala suerte que tuvo Pulp fiction cuando le tocó competir en los Óscar de 1994 contra Forrest Gump. ¿Es que no podían haberse dividido en dos los premios...?

En cualquier caso obtuvo cinco candidaturas, aunque solo ganó dos, las referidas a la música, también genial, de Henry Mancini: el Óscar a la mejor banda sonora original (en la sección de drama o comedia) y el de mejor canción.

Esa canción, como todos ustedes saben, es la inmortal «Moon river», que Holly Golightly interpreta, sentada en el alféizar de su ventana, mirando la ciudad que se expande a sus pies, en una escena que formará parte de todas las retinas del planeta.



Preciosa.

La película tiene sus más y sus menos, y personalmente prefiero el final del libro (muestra del feminismo e independencia del personaje, algo que quizá no paraba demasiado bien en el cine de Hollywood de esa época) en vez de ese lánguido epílogo del film, donde Audrey Hepburn se rinde a todos los encantos de George Peppard, olvidándose de cualquier atisbo de libertad personal.

A pesar de eso, cada vez que releo Desayuno con diamantes (y lo hago a menudo) no puedo dejar de ver a una hermosa Audrey Hepburn frente al escaparate de Tiffany's, mordisqueando un cruasán y lanzando suspiros. No puedo dejar de escuchar la bella melodía de Mancini en mi cabeza. No puedo dejar de imaginarme pisando esa Quinta Avenida de Nueva York, esquina con la calle 57, allá donde parece que los sueños se cumplen (o son mejores sueños, quién sabe...).

Hoy me gustaría recordar al hombre que lo hizo posible: Blake Edwards. Y pedir, desde estas humildes líneas de este también humilde blog, que el viaje que tenga que hacer ahora sea de lo más placentero, tan placentero y tan grato como él me lo hizo sentir con sus películas.

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